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Silencio contra la infamia

01/08/2013

Decía O. Wilde que donde hay dolor hay un territorio sagrado.

El dolor persiste una semana después del terrible accidente de tren en Galicia. En ella,  se ha echado de menos un silencio respetuoso y digno en memoria de los muertos.

En su lugar se ha profanado el territorio sagrado y se ha hurgado sin piedad en las heridas frescas de los afectados.

No han estado a la altura las autoridades, que aún no han dado una explicación coherente del hecho. Las medias verdades, las conjeturas sólo alimentan el miedo y son peores que mentiras.

Por no hablar del triste comunicado de Rajoy,  de corta y pega, que habla de un terremoto en China.

Tenemos derecho a conocer si fallaron los sistemas de seguridad. Si el conductor es el único responsable, si los recortes han influido, si hubo descoordinación. Un error humano no puede ser determinante. No, cuando están en juego más de 200 vidas.

Tampoco lo han estado los medios. En las primeras horas, los periódicos difundían informaciones sin contrastar, la inmediatez ahogaba el rigor. Y los familiares sufrieron las consecuencias.

TVE, desaparecida dos horas, fue una metáfora lamentable de la burla de este Gobierno a los servicios públicos.

La ampliación de la noticia ha ahondado en los errores. No todo vale.

La decencia y la ética se han esfumado en aras de la tiránica audiencia. Morbo y desvergüenza han ofendido a las víctimas y han apelado a las tripas de una sociedad estremecida.

Cuando informar es un negocio, el poder del dinero manda y es imposible hablar de periodismo. Las finanzas se convierten en un sistema de corrupción perfecto. Uno de los pequeños males olvidados que sirven para empedrar el camino del infierno, según Hannah Arendt.

El miedo sólo se conjura con transparencia. Pero más de la mitad de los periodistas, un 52%, evita críticas arriesgadas por miedo al despido. No se investiga por falta de medios.

En esta época innoble, el periodismo veraz es imprescindible. Pero las libertades públicas se hunden en un fango de mentira y la verdad parece perdida. Se fabrica, no se cuenta.

Las palabras ya no pertenecen al bien común y se compran a golpe de talonario. Y manipularlas puede cambiar el sentido de la realidad.

Esta semana he añorado el silencio. Un silencio respetuoso en el que la decencia limpiara la basura informativa.

No en vano se expresa el duelo con minutos de silencio. Quizá necesitemos años callados para limpiar esta densa niebla que nos impide ser más dignos.

Una niebla que ya ocultó la verdad de un 3 de julio en Valencia.

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