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Una historia de aprendizaje a través del amor y el desamor. L’univers sense precipici

29/07/2013

 

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Decía Cernuda, el poeta solitario y sufriente, que

escribimos por miedo de irnos solos a la sombra del tiempo

Que la poesía es

el poder mágico que consuela de la vida.

Hermosas palabras de un poeta para entender el oficio de poeta, la tarea de hacer palabra el sentimiento.

¿Quién no se ha preguntado alguna vez cuál es el mecanismo mágico que transforma las palabras gastadas en materia estética, dándoles nueva vida?

Porque la poesía es un relámpago vestido de palabras viejas, un nuevo amanecer de lo cotidiano.

Todos los que escriben poemas buscan abrir la puerta del Imposible que es la Poesía con mayúscula.

Para ello siguen un camino incierto, hecho de dudas y agonías, dejando jirones de su alma en el intento. En su tarea, interiorizan la realidad, la transmutan dotándola de vida poética y nos la devuelven aumentada y nueva.

Este proceso es lento y doloroso, porque cualquiera que haya intentado escribir sabe que “se escribe desde el conflicto”. Como dice Juanjo Millás:

Si fuéramos absolutamente felices, si estuviéramos de acuerdo con nosotros mismos y con el mundo, no escribiríamos.

Si un día, esos versos llegan a un lector cualquiera y el acorde de su alma coincide con la del poeta, se produce el milagro: anhelos y deseos nunca expresados encuentran cauce y atravesamos el límite que tantas veces quisimos traspasar.

 La poesía pone voz a nuestros sueños y nos lo da todo sin pedir nada a cambio. Nos enseña nada menos que a leer en el libro de la vida.

Porque en la poesía, el referente-mundo no es tan simple como en el uso habitual de la Lengua. Por eso es difícil comprenderla. Hay que sentirla.

Si nos acercamos a ella con el hábito ajado de los significados conocidos, si no apresamos las palabras al vuelo y las amasamos con mimo, y las paladeamos buscando nuevos sabores, nunca encontraremos el camino de entrada a sus secretos.

Lo esencial es aquí la sorpresa, lo inaudito y nuevo. Lo no usado… Y esa novedad es patrimonio individual de cada poeta.

El mundo real, el cotidiano, es uno y aparentemente uniforme, pero esconde significados ocultos, vírgenes, que sólo los poetas saben ver.

En su generosidad nos los brindan sin pedir nada a cambio. Nos abren de par en par las puertas de su alma que se asoma entre palabras en los poemas.

Ya lo decía el maestro Machado en un rasgo de legítimo orgullo:

Al cabo, nada os debo,  debeisme cuanto he escrito.

Y como de bien nacidos es ser agradecidos, no nos queda más remedio que querer a los poetas. Porque ellos visten de palabras nuestras ilusiones mudas y nos ayudan a transformar el dolor en tristeza para gestionarlo e impedir que nos destruya.

Estos “sigilosos ladrones de palabras” como los define Francisco Brines se enfrentan a pecho descubierto con las preocupaciones esenciales de todo ser humano: la vida, la muerte, el tiempo, el amor… a la búsqueda, siempre desesperada, de la raíz del conocimiento.

Decía José Hierro que los poetas son

la hoja cantora que en el árbol del vivir, ha dado voz a las pobres hojas mudas.

Su tarea es siempre difícil y más hoy que deben enfrentarse a un reto casi imposible.

¿Para qué la poesía? ¿Para qué el sentimiento en un mundo pragmático, tecnificado,mercantilizado? ¿Para qué el silencio y la meditación en un caos de bullicio y prisas?

Hay quien piensa que la poesía ha claudicado hace ya tanto tiempo que hoy no tiene remedio ni hay forma de enderezarla.

La poesía no sirve en términos económicos y mucho menos ayuda a triunfar.

Pero por eso lo es todo. Porque es gratuita, es arte; porque no busca nada y abre la puerta a todo: al infinito. Porque no haciendo nada, nos hace más libres, más personas y más sabios: nos re-hace.

He leído con esa mezcla de respeto y curiosidad con los que siempre me acerco a cualquier poema este primer libro de José Manuel Prieto. Respeto, porque es entrar en un alma abierta y eso es territorio sagrado. Curiosidad, porque siempre aprendo caminos nuevos de los poetas.

Cuesta entender que sea el primer libro y tenga esa rara perfección. Quizá porque, como decía Rilke,

una obra de arte es buena si ha nacido al impulso de una íntima necesidad.

Entrar en sus páginas es entrar en un alma desnuda, un alma que abre generosa sus puertas al lector para desgranar sentimientos en estado puro.

El autor comparte con nosotros una historia personal de aprendizaje a través del amor que es a la vez, maestro, esperanza, verdugo y guía.

Un amor que conforma y realiza desde sus contradicciones, desde sus dulces promesas llenas de amargura. Desde sus vacíos llenos de esperanza.

Porque el recuerdo es un modo de volver a vivir lo pasado y “se canta lo que se pierde”, como decía la canción de Antonio Machado.

En la oscuridad del naufragio, el poeta del cuaderno de besos anotados-como se describe José Manuel- se agarra a la gramática de la palabra y teje una red protectora con la sintaxis de los sentimientos en la que los verbos conjugan vacíos, las conjunciones son conectores de ausencias, los sueños rotos siguen una rara ortografía…

Y así escribe una historia de pasados recientes, de presentes pasados, de futuros inciertos, de relojes sin horas, de domingos lentos.

Una historia que es voz doliente de un tiempo sin pasado, de rebeldía por los silencios, de rabia por las ingratitudes, de desconcierto por el futuro que llega.

El paisaje se diluye en tormentas reiteradas, océanos que arrasan ciudades cotidianas, estaciones de despedida, noviembres huérfanos, plazas sin memoria…

Hay en estos versos dolor y lucha. Franqueza estremecedora y esperanza buscada. Ausencia y presencia. Dudas, aprendizaje, madurez a fuerza de nostalgia.

Late en ellos el grito universal de los poetas, “ el grito de las entrañas del alma” como decía Unamuno.

José Manuel es un experto en hacer palabra los sentimientos. Logra, y no es nada fácil, guiarnos por los laberintos sentimentales a través de lo cotidiano. Un adjetivo añadido a un domingo lo hace nuevo, y el amor en prácticas, el aprendizaje a tientas, sin libro de instrucciones, se lee en tazas de café medio vacías, ropa tendida, pantallas blancas, estaciones tristes de despedida, olores de ausencia.

Sorprende comprobar cómo tiene ya un estilo propio en el que son reconocibles sus reiterados tópicos de tatuajes como marcas, de tormentas, trenes, abriles, viernes lentos…Mundos invertebrados que arrasa el huracán del desaliento.

Asombra  cómo una voz primeriza ha logrado un libro estructurado en el que los tiempos se acompasan a los poemas en un encaje perfecto.

El pasado reciente y el ahora de la primera parte se corresponden con el dolor de la ausencia y el análisis tenaz, casi obsesivo, del adiós y de las lágrimas.

Tras el choque, se abre la segunda parte. La frontera entre el dolor y la recuperación. Entre la perplejidad y el reproche. Entre el yo y el tú que ya no está, pero que se resiste a desaparecer. La desorientación tras la raya del desamor, tras la frontera de los sueños. La difícil tarea de aceptar la derrota de las ilusiones.

Decía Brecht que el arte no es un espejo de la realidad, sino un martillo para darle forma. José Manuel construye a martillazos un presente nuevo, hecho de dudas y de cicatrices, tejido con dolor y con amor, que quizá son la misma cosa.

Y ya está preparado para construir su futuro. No sólo con la reconstrucción de su alma, sino con una voz mejor como poeta.

Porque, a medida que cura sus heridas mejora su poesía. A medida que escribe, madura. Porque la poesía le ayuda a entender paradojas, a aceptar despedidas, a sortear laberintos sin perderse. A encontrarse consigo mismo. A rehacerse.

La tercera parte es la del vuelo, la utopía, el adiós a las pesadillas recurrentes, del nunca más lo gris, del levantarse. Del imperativo vital, de la salida a los demás.

Aún hay incertidumbres, claro. Aún duele el recuerdo. Pero hay fuerza suficiente para hacer maletas, para mirar al futuro, para mirar al amor cara a cara. Para releerse, para reencontrase, para seguir adelante.

Para construir otro universo desde el precipicio de la ausencia.

Para elaborar, más sabio y más fuerte con las cicatrices de la herida, un universo nuevo.

Un universo sin precipicio. L’UNIVERS SENSE PRECIPICI

Texto leído en la presentación del libro, L’univers sense precipici, en Gandia, el 11 de julio de 2013

 

 

 

 

 

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