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La otra tragedia de las víctimas del accidente de Metrovalencia

03/07/2013

Aquel 3 de julio fue lunes, y el papa llegaba unos días después.El descarrilamiento de un convoy de la línea 1 de Metrovalencia causó la muerte de 43 personas y dejó 47 heridos. El más grave accidente de metro ocurrido en nuestro país.

Siete años después, el Partido Popular, en solitario y frente a todos los demás parlamentarios, impidió ayer que se leyera en el Congreso una declaración de apoyo a las víctimas. Hubo que leerla fuera.

 El desacuerdo viene de la palabra “responsables”. Un término que parece espantar a los gobernantes de este país.

Ha sido su modo mezquino de recordar que hoy se cumplen 2.557 días de la tragedia. Ha sido su manera vergonzosa de hacer “humana la política”, como decía Rita Barberá para justificar su apoyo al presunto delincuente Blasco.

Ella era la alcaldesa de una ciudad herida aquella mañana de verano en la que se intentó ocultar a 43 muertos para no ensuciar la visita del papa. Una visita que nos costó cara a los valencianos, no sólo económicamente.

Ella, la que ha ninguneado a los familiares, la que ha limpiado, forzada, un monolito vergonzante en su memoria, que se escondió en un parque, casi de tapadillo.

Produce dolor recordar cómo se cerró una investigación parlamentaria amañada en la que se ocultaron datos, se aleccionó a los comparecientes, se premió a los fieles y se amenazó a los disidentes.

Indigna comprobar cómo la jueza cerró la investigación judicial, en la que negó todo testimonio discrepante. Fue en Fallas, apenas días antes de las elecciones autonómicas para no perjudicar al partido responsable.

Desespera ver cómo la reabre tras la mayoría absoluta, para cerrarla de nuevo de modo exculpatorio. Se trataba, al parecer, de enterrar la memoria del desastre cuanto antes. Y sin responsables. Toda la culpa, al conductor muerto que no puede defenderse.

No todos aceptaron la infamia y una periodista del diario Levante, Laura Ballester, continuó investigando, mediando, ayudando a la verdad a salir a flote, escribiendo, apoyando a las víctimas. Porque cómo afirma, citando a Ryszard Kapuściński:

Los cínicos no sirven para este oficio.

Pero la verdad se escondía entre las líneas del periódico. Y apenas unas cuantas personas acompañaban en la Plaza de la Virgen a los familiares, cada día 3 de cada mes de los 84 que han pasado. La mayoría de los valencianos parecíamos dormidos.

Un programa de televisión de ámbito nacional consiguió lo que parecía imposible: que la sociedad valenciana se viera de una vez en el espejo. Su altavoz desveló nuevos datos estremecedores. Como que Cotino presionó a las víctimas. Y se consiguió que la Fiscalía esté investigando actualmente dos denuncias.

Supimos que la tragedia pudo haberse evitado con un gasto ridículo en balizas de 3.000 euros. Que se intentó comprar el silencio de familiares con chantajes viles, casi mafiosos, que desaparecieron pruebas.

Que se mintió respecto a accidentes previos, que se prohibió la palabra “tragedia”, que nos engañaron, que ofendieron el dolor de las familias, que no puede seguir el silencio.

Porque ante la falta de ética de los gobernantes está la dignidad de las personas, su derecho al duelo, su derecho a saber la verdad, el castigo de los responsables. Exigimos la desaparición fulminante de la política de los seres indignos que compraron el silencio, que pusieron por encima de sus ciudadanos su cargo, el dinero y los eventos que les pagaban las mismas familias ofendidas.

Nunca los recibió el entonces presidente Camps, que hasta intentó prohibir una obra de teatro en su memoria. Por suerte, no lo consiguió y ahora se vuelve a representar para que la memoria no cese.

El séptimo aniversario de la tragedia llega con esperanza. Aunque el PP siga solo, aislado, empecinado en su error. Sólo la investigación transparente, neutral y clara puede exculparlo, si no es responsable. Pero parece decidido a envolverse en la nube de la sospecha, a callar, a nadar contracorriente.

Olvida que la sociedad ha despertado. Que “se ha roto la losa del olvido”, como afirma la Presidenta de la Asociación de Víctimas. Que ya no están tan solos.

Hoy muchas personas acudirán a la Plaza de la Virgen. Para fundirse con ellos en un grito unánime de protesta por la ausencia de responsabilidades. Pero también para mantener viva la memoria de 43 personas que un día de verano de hace siete años vieron segadas sus vidas en el transporte público. Quizá por una negligencia intolerable, por falta de mantenimiento.

Estremece pensar que podríamos haber sido cualquiera de nosotros. Y nos preguntamos si  seguimos expuestos a riesgos innecesarios.

Ojalá hoy sea el último día en el que se grita justicia. Ojalá, de una vez por todas, los responsables de esta tragedia respondan por sus actos.

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