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Conmoción

01/07/2013

Hay que dejar que los libros nos muerdan. Aunque, a veces, duela.

 

A medida que leía aquella larga cita, las palabras iban clavándose en su alma. Le hacían daño.

Al terminar, cerró el libro angustiada. Levantó la vista y miró el cielo, empedrado de nubes. El tren dejaba atrás, veloz, campos y casas.

Se sintió mal.

Como si el tiempo la desplazara contra su voluntad. Como si el viento de la vida se hubiera llevado consigo todo lo que más importaba.

Recuperada, volvió al libro y terminó la lectura. El mundo se ordenó de nuevo.

Y pensó cómo era posible vivir sin algunas palabras. Sin cauces que organizan nuestras ideas perdidas, nuestras intuiciones, nuestras sensaciones, nuestros miedos…

Y recordó a Borges:

Hay quien no puede imaginar un mundo sin pájaros… Yo no puedo imaginar un mundo sin libros.

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