Skip to content

Georges Moustaki. Recuerdos de un tiempo que fue ayer

24/05/2013

Su rostro apareció, de repente, en la pantalla del ordenador. Pero no pensé que fuera porque había muerto.

Más tarde el “urgente” rojo y parpadeante me confirmaba que Moustaki, el entrañable métequè de mi juventud, nos había dejado.

Hay canciones, voces y cadencias que nos acompañan siempre, que viajan con nosotros y que reviven momentos, escondidos en el fondo de la memoria, con tanta nitidez como si fueran presente.

Georges Moustaki me ayudó a superar momentos tristes, me enseñó a pronunciar la lengua francesa, estuvo conmigo en mi ciudad natal primero, en la de mis estudios después y viajó en mi maleta, más tarde, a mi tierra de acogida.

Ahora, lo escucho en una tarde espléndida de mayo en discos compactos que mi hijo me regaló, que organizó con mimo y que esperaban pacientes su turno en los estantes.

Cuando era una profesora novata enseñé francés con sus canciones. Vi a las alumnas -era un colegio femenino- vibrar con su música. Las vi aprender de memoria sus versos, moverse al ritmo de sus cadencias de ritmos griegos, de sabor mediterráneo y brasileño. Un soplo de aire fresco en la seria ciudad castellana.

Nous avons toute la vie por nous amuser. Nous avons toute la morte pour nous reposer.

Tenemos toda la vida para divertirnos. Tenemos toda la muerte para descansar.

Una filosofía vitalista y rompedora, entonces y ahora.

Disfrutamos juntas de su invitación al baile, de su alabanza de la soledad, de su canto a las raíces. Las adolescentes encontraron en este hombre afable, de cabellos largos, un amigo, un maestro y un descubridor de secretos caminos. De promesas, de tierras prometidas y de denuncias ecologistas antes del ecologismo.

Es verdad que también nos ayudó El Principito. Saint-Exupéry y su entrañable personaje, llegado de otro planeta, fueron con Moustaki los cauces para entrar en la dura sintaxis de un lengua que acabaron queriendo a fuerza de música y poesía.

Aún no sé muy bien cómo la dura disciplina de aquel colegio me permitió una pedagogía tan revolucionaria. Cómo nunca me llamaron la atención ante las notas musicales que salían del aula y se extendían por los solitarios pasillos.

Los exámenes de comprensión eran más suaves con Ma libertéIl y avait un jardin.

Antes de estudiar las estructuras de la semana, era estimulante escuchar Ma solitude.

Cuando la clase era a última hora, relajaba escuchar y aprender con Le Métequè que las raíces son lo que nos ata y que romper amarras es bueno para aprender a volar. Su canción Le droit à la paresse  sonaba casi herético en aquel ambiente de estricta disciplina.

Aún no entiendo que nadie censurara las canciones en las que se hablaba de libertad, de transgresiones, de un mundo tan lejano al de aquellos años grises.

No sé si hoy, al escuchar la noticia de la muerte de Moustaki, aquellas adolescentes habrán recordado sus canciones.

No sé si habrán seguido escuchándolo o lo habrán olvidado. Pero quiero pensar que guardarán un recuerdo agradecido a la voz grave de aquel griego francés que les hizo más llevaderas las clases de lengua francesa.

No sé si aprendieron más vida que francés. Hubiera sido todo un éxito.

Sólo sé que esta tarde clara de mayo, en una ciudad mediterránea, cerca del mar que en aquellos años añoraba y sentía lejano, tras muchos años dando clase a muchos alumnos, he sentido tristeza al saber que Georges Moustaki ha muerto.

Que ha muerto un hombre con alergia a las fronteras. Egipcio, de padres griegos y francés de adopción. Un hombre libre, sensible.  Un poeta entrañable.

Políglota hijo de padres políglotas. Su padre, librero, hablaba cinco idiomas y su madre seis. Se educó en la escuela francesa, en cuyos pasillos escuchaba el árabe, el griego, el italiano, el turco, el armenio, el maltés, el francés y el inglés, lengua oficial de Egipto bajo mandato británico.

Discípulo de Brassens. Amante de Edith Piaf, que lo llamaba “su ternura”.

Comprometido con la izquierda y hombre de utopías. Mediterráneo que ha muerto a orillas de su mar preferido.

Su música suena íntima esta tarde, su voz sigue más allá de su viaje. Los recuerdos se agolpan y recolocan en su lugar caras, sonidos, sentimientos.

Y vuelve mi abuelo al ritmo de la canción Grand-pére. Vuelven sus sabios consejos y las noches de verano. Su sabiduría natural, su integridad, su amor a la tierra. Sus manos grandes, fuertes, acogedoras.

Tous les autres m’écoutent mais toi, tu m’entends.

Los demás me escuchan, pero tú me entiendes.

La música sirve de guía a los recuerdos, y la voz de Moustaki me devuelve a un tiempo que no está perdido. Sólo está ahí, esperando que alguien, una voz, una canción lo invite a hacerse presente.

Hasta siempre, entrañable  Métequè. Que el viaje te sea propicio.

No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: