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Palabras valientes en la primavera de los libros

25/04/2013

Vuelven los libros por primavera, para sacarnos unos días de la bronca política. No son buenos tiempos para los sentimientos amables y la honestidad.

Como dice el poeta Juan Gelman:

La vida es una bruma que, a veces, no se puede navegar

Para ayudarnos en la travesía, están los libros que no nos apartan de la realidad, sino que nos ayudan a entenderla y a tomar distancia.

También, como cada año, se entregó el Premio Cervantes que intenta devolver a un escritor parte de la riqueza que nos regala en sus obras.

Este año ha sido un jerezano valiente y rebelde quien lo ha recibido. Un amante del mar y la aventura que quiso ser marino mercante y se quedó en aventurero de la palabra.

A través de las poesía intenta entender el mundo y recrearlo. Porque copiarlo no basta, nos dice, hay que interpretarlo, darle la vuelta y rebelarse contra lo que no nos gusta.

José Manuel Caballero Bonald es una mezcla de aventurero y ermitaño, de romántico y surrealista. Como sus maestros Juan Ramón Jiménez  y Espronceda.

Junto con Francisco Brines, es el último superviviente del grupo poético de la Generación de los 50. Y un hombre que ha mantenido siempre un profundo compromiso cívico desde la izquierda.

Siempre fue un rebelde, y su actitud inconformista lo llevó a la cárcel en la dictadura. Después, denunció valientemente “la mentira, los excesos y la tosquedad” de los gobiernos de Aznar y ahora denuncia, con la misma contundencia, la corrupción y la falta de compromiso en un tiempo en el que dice “las ideologías se han ido al carajo”.

Este hombre menudo y valiente, de ojos profundos y vivos, desgranó en su discurso palabras como dardos que desde la literatura entraron en la vida. Y desde ella se dirigieron a los oídos de instituciones presentes, pero alejadas del pueblo.

Habló de hogueras inquisitoriales que no resultan demasiado lejanas, en tiempos actuales, de censuras comunicativas, de castigos a la disidencia, de medios de comunicación mercenarios.

Él lo sabe bien. Sufrió, en los comienzos de su carrera, la cruel censura del falangista Rafael Arias-Salgado y más tarde las mutilaciones del lapiz rojo que impuso la ley Fraga en su obra Vivir para contarlo.

Su discurso denunció también esclavitudes. Y lo hizo en esta época de jóvenes obligados a aceptar trabajos precarios y de leyes laborales injustas.

Recordó a los tiranos que temen la cultura. Y lo hizo ante las autoridades que abandonan y condenan al sector cultural a la precariedad.

Defendió la libertad que se aprende en los libros. Y agradeció a su profesor de Literatura que le hiciera leer el Quijote. En él aprendió el valor de la tolerancia y la justicia y también las respuestas a los enigmas de la vida.

Y lo hizo en presencia del ministro Wert que ha perpetrado el mayor ataque en democracia al profesorado y a la enseñanza pública. Porque, como dijo:

Hay que defender la palabra contra quienes pretenden quitárnosla. Esgrimirla contra los desahucios de la razón.

Y la palabra “desahucio” cayó como una losa en una sala llena de políticos insensibles a la voz de los desahuciados.

Y el grito de los sin voz se sintió representado por el poeta que recibía un premio por su obra y que, con su palabra, devolvía la dignidad a los desprotegidos. Muchos de los cuales habían gritado fuera a políticos y autoridades lejanas.

Porque la poesía también es curativa, dijo. Es una dulce venganza contra las afrentas de la vida como aprendió en el maestro Cesare Pavese.

La poesía, añadió, puede contribuir a la “rehabilitación” de “un edificio social menoscabado”.

Quiero creer con él que “la poesía es capaz de corregir las erratas de la historia”.

Quiero creer que las utopías sólo son “esperanzas aplazadas”.

Quiero creer que “una sociedad decepcionada se puede convertir en una sociedad renovada”.

Y que los poetas, los libros, los escritores comprometidos como él pueden ser sus voceros y sus guías.

A Caballero Bonald no le gustan los fastos. Siempre ha vivido en un segundo plano.

Pero ayer, ante autoridades políticas, religiosas y académicas, ante gobernantes soberbios, que defendieron con palabras hipócritas lo contrario de lo que vemos en sus actos, se convirtió en un ejemplo de honestidad y valentía.

Una muestra de que la palabra valiente, comprometida y digna nunca podrá ser acallada por el poder.

 

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