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Dinero contra derechos y democracia

18/04/2013

Hace más de dos siglos, uno de los padres de la Constitución de EE UU y su tercer presidente, Thomas Jefferson, escribía:

Si el pueblo permite un día que bancos privados controlen su moneda, lo que florecerá en torno a ellos privará a la gente de toda posesión. Primero mediante la inflación, luego mediante la recesión, hasta el día en que sus hijos se despertarán sin casa, sin techo, sobre la tierra que sus padres conquistaron.

El ser humano suele menospreciar la experiencia y olvidar el pasado en un ejercicio tan irresponsable como suicida. No aprendemos o no queremos aprender.

Cifras mareantes de billones de euros, con b, se mueven oscuramente en los mercados financieros con poder para tumbar gobiernos, arrodillar a la democracia y someternos a su cruel dictado.

Su motor es la codicia. Sin alma, sin atención mínima al bien común, funcionan como mafias que dirigen sus ojos voraces a la víctima más débil. Llámese Chipre, Grecia, Portugal o España. Ni Francia se libra del ojeo de los crueles cazadores de derechos.

Sus agentes son los bancos. Disfrazados de estimuladores del ahorro, ocultan oscuras especulaciones con el dinero de trabajadores, timados por la mayor estafa a nivel planetario.

Varios bancos internacionales manipularon el índice que marca el precio de las hipotecas y estafaron durante años a familias indefensas. Millones de ellas pagaron más de lo debido y ahora se ven expulsadas de sus casas. Los responsables, Citigroup, Deutsche Bank, y en España Bankia, Santander y tantos otros han quedado impunes.

No contentos con ello vendieron, con engaños y a precio mayor del real, preferentes a pequeños ahorradores y han llevado a la ruina absoluta a quienes confiaron en sus malvadas prácticas.

Gallardón, ministro que se dice de Justicia,  no castiga a los culpables sino a los estafados con una subida de tasas tan brutal que impedirá las reclamaciones judiciales.

Inflación, recesión y desahucio como profetizaba Jefferson.

El coste social en dolor, humillación y vidas humanas es incalculable.

Nadie parece pensar en el precio inmenso que pagaremos por una sociedad infeliz, desigual, desvertebrada, agotada y sin esperanza.

El gobierno de Rajoy, que cumple un año y medio nefasto en el que se han degradado hasta límites intolerables todos los indicadores económicos, está dispuesto a todo. Incluso a fomentar la misma burbuja inmobiliaria que nos ha destruido. Ya han desprotegido nuestras costas para ello.

¿Qué puede importar a los ultraliberales que aumente la pobreza? Ellos están por encima de las preocupaciones por sobrevivir.

¿Qué les importa que no haya sanidad, ni educación pública, ni servicios sociales? No los necesitan. Sus fortunas les permiten pagar caros colegios a sus hijos. Curar sus enfermedades en clínicas privadas y pasar sus últimos días en residencias exclusivas.

Es más, la desigualdad los beneficia. Crecen sus ganancias y se disparan los servicios de lujo mientras miles de familias acuden a comedores de caridad.

Los derechos constitucionales han sido arrasados por la codicia. Los beneficios del estado de bienestar los sepulta una marea infame de demagogia, trufada de populismo.

La acción cívica y política es hoy vital para paliar, en lo posible, esta destrucción calculada del mundo que conocíamos.

Es el último grito contra la injusticia. Un 64% de ciudanos piensa que manifestarse es eficaz y ha perdido el miedo, que era el mejor agente del poder.

Porque es lícito desobedecer leyes injustas.

Como ya  afirmaba Hannah Arendt:

La desobediencia civil es la moral del buen ciudadano

Y, afortunadamente, quedan llamas de resistencia civil que aplaude ya el 75% de la ciudadanía.

Plataformas ciudadanas, apoyadas por jueces, profesores de derecho, políticos honestos, que los hay, siguen denunciando abusos y luchando por la justicia contra el muro de las leyes.

Por eso los criminalizan e insultan. Les tienen miedo porque tienen la razón.

De paso, desvían la atención respecto a Bárcenas y compañía. Noqueados por sus graves escándalos internos, inventan fuera al enemigo. Lo necesitan para creerse fuertes.

Hay cada vez menos tiempo. Debemos reaccionar o este perverso sistema acabará del todo con la justicia, la moral y la democracia, como se temía el lúcido Tony Judt:

Democracias en las que no hay opciones políticas significativas y la política está marcada por bancos y agencias internacionales dejarán de ser democracias y volverán a la política de la frustración y el resentimiento popular.

Y no podemos consentirlo. Tenemos que luchar. Y, sin miedo, por lo que es nuestro.

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