Skip to content

Realidades

24/03/2013

No hay tristeza amputada de esperanza.

Mario Benedetti

Parpadeó varias veces. Quería cerciorarse de que aquello era real. Que no era un sueño.

Estaba acostumbrado a aceptar que la realidad desnuda es un relámpago que apenas dura un instante. Y quería paladearla. Hacerla suya.

Había llegado a esa ciudad extraña una mañana gris en la que la lluvia lenta parecía lavar dulcemente su tristeza.

Había entrado en aquel albergue inhóspito casi de madrugada. Con el alma atenazada por un dolor amargo que amenazaba con dejarlo sin respiración.

Ensayó su precario conocimiento de la lengua con un empleado huraño que ni lo miró, ni siquiera se esforzó en comprenderlo.

Sentía una soledad nueva. Más sola. Más triste. Más pegada al alma que se escondía, asustada, en un rincón de su cuerpo agotado por el largo viaje.

Pasaron luego días lentos, iguales, sin perfiles. Mendigaba, de puerta en puerta, un trabajo cualquiera en el que sus méritos académicos eran papel mojado.

Aprendió a aferrarse a sus sueños como un náufrago al que sólo le queda una esperanza.

Supo que el exilio es siempre una pérdida esencial. Por terrible que sea el sitio que se deja, forma parte de la vida y la memoria. Y duele hondo en los momentos de soledad.

El desgarro le había dejado huella, y la cicatriz de la herida se notaba en los cambios de humor. No es fácil pasar largas horas enfrentado a los propios pensamientos.

Admitió, poco a poco, que vivir es aprender a estar solo. Lograr empezar de nuevo cada día. Cuando, sentado al borde de la cama, se pacta con la realidad el límite de las ilusiones.

Comprendió que los valientes son los que no tienen miedo a volar a caballo de los sueños.

Que sólo los cobardes llaman huida a perseguir tozudamente el ideal que anida en el fondo del alma.

En los momentos de flaqueza, se agarraba con fuerza a la memoria. Al libro ilustrado del recuerdo.

Y, con ese escudo, se enfrentaba cada día a una búsqueda sin esperanza. A la realidad a pecho descubierto.

Una realidad áspera que amenazaba quebrar su resistencia, pero que, sin que él se diera cuenta, se fue acercando imperceptiblemente a sus sueños.

Un día, fue el hallazgo inesperado de aquel apartamento minúsculo que le permitió abandonar el albergue.

Otro día, fue aquel encuentro casual y casi milagroso con el amigo de la infancia que trabajaba en la Universidad.

Desde ahí llegó el primer empleo digno, el reconocimiento. El sentirse útil, realizado. Pleno.

Los despertares, sin el sabor metálico del fracaso, llegaron luego. Y las salidas con amigos, el adiós a la soledad impuesta.

Su alma salía por fin del rincón del desaliento.

Vivir no era difícil. Así casi era fácil. La felicidad consistía en no pedir nada al mañana.

Vivía el presente, iluminado por el recuerdo. Y forjaba esperanzado un futuro plácido que era cada vez más parecido a sus sueños.

El último parpadeo coincidió con el estallido de los aplausos en la sala. Apenas había escuchado las palabras de su presentador.

Se levantó resuelto y se acercó al atril. Su voz sonó clara y firme. Segura. Agradecía a las autoridades académicas su ayuda, y al público, su presencia.

Luego, sin necesidad de mirar sus notas, inició un discurso sentido en el que pretendía dar las gracias a la Universidad por aquel premio a sus investigaciones.

Aquella patente iba a reportarles a todos mucho dinero.

 ***

El sonido áspero y desagradable del despertador ahogó las palabras en su garganta.

El sabor metálico en su boca lo trajo bruscamente a la realidad y precedió al parpadeo de sorpresa. Abrió los ojos. Aún estaba aturdido.

El estrecho cuarto del albergue seguía oliendo a humedad. La ventana filtraba esa luz gris de los días nublados que lo obsesionaba.

Se levantó y se dispuso, una vez más, a seguir pateando aquella ciudad extraña que se le resistía.

Cuando salió, la lluvia lenta seguía cayendo. Pero su alma parecía esa mañana un poco más impermeable. Más dura. Más agazapada.

Pensó que la batalla por vivir seguía.

Apoyó en esa esperanza sus pasos. Pisó fuerte y empezó a caminar otra mañana más.

Imágenes:  Euan Macleod,Dark Seascape II (With Sky), 1990

Antonio López, Lavabo y espejo

3 comentarios leave one →
  1. arantxa permalink
    25/03/2013 21:32

    Me ha encantado; es impresionante cómo puedes adentrarte en el alma sin más, con tus palabras. Un beso

    Me gusta

  2. arantxa permalink
    26/03/2013 10:23

    Com dia el Llach:
    “Enterrem la nit,
    enterrem la por.
    Apartem els núvols que ens amaguen la claror.
    Hem de veure-hi clar,
    el camí és llarg
    i ja no tenim temps d’equivocar-nos.

    Cal anar endavant
    sense perdre el pas.
    Cal regar la terra amb la suor del dur treball.
    Cal que neixin flors a cada instant”.

    Me gusta

    • 27/03/2013 4:21

      Un beso desde el otro lado del mundo. Desde aquí también se sienten los versos de Llach que hablan de esperanzas, de luchas y de mañanas. A pesar de los pesares las flores brotarán. Sin duda.

      Es preciso apoyarse en la esperanza y apartar las nubes del desaliento. Siempre adelante.

      Gracias por esas hermosas palabras.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: