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Un análisis despiadado de tópicos en educación, literatura, crítica

14/03/2013

Los escritores buscan en los críticos un alter ego, ese otro yo más inteligente que él mismo, que se ha dado cuenta de dónde quería llegar, y que le juzga tan sólo sobre la base de si ha alcanzado o no el objetivo.[…] Pero lo que él, el escritor pide, es imposible.[…]

No le es posible a los críticos y comentaristas proporcionar lo que ellos mismos pretenden y los escritores desean tan ridícula e infantilmente.

Eso se debe a que los críticos no han sido educados en tal sentido. Su entrenamiento va en dirección opuesta.

Todo empieza cuando el niño tiene apenas cinco o seis años, cuando entra en la escuela. Empieza con notas, calificaciones, premios, “bandas”, “medallas”, estrellas y, en ciertos lugares, hasta galones. Esa mentalidad de carrera de caballos, ese modo de pensar en vencedor y en vencidos, conduce a lo siguiente: ” El escritor X está o no unos cuantos pasos por delante del escritor Y. El escritor Y ha caído más atrás. En su último libro, el escritor Z ha rayado a mayor altura que el escritor A”. Desde el principio, se entrena al niño a pensar así: siempre en términos de comparación, de éxito y de fracaso.

Es un sistema de desbroce: el débil se desanima y cae. Un sistema destinado a producir unos pocos vencedores siempre compitiendo entre sí. Según mi parecer, el talento que tiene cada niño, prescindiendo de su coeficiente intelectual, puede permanecer con él toda su vida, para enriquecerlo a él y a cualquier otro, si esos talentos no fueran considerados mercancías con valor en un juego de apuestas de éxito.

Otra cosa que se enseña desde el principio es a desconfiar del propio juicio. A los niños se les enseña sumisión a la autoridad, cómo averiguar las opiniones y decisiones de los demás y cómo citarlas y cumplirlas.

Son palabras de Doris Lessing, Premio Nobel de Literatura 2007, en su introducción a  El cuaderno dorado, su novela más famosa y también víctima de críticas furibundas.

Era inglesa. Nacida en Irán, donde su padre era capitán del ejército británico. En 1924 se estableció con su familia en Rhodesia del Sur (hoy Zimbabwe). Los primeros treinta años de su vida transcurrieron en Rhodesia. Allí la pequeña Doris vivió una infancia problemática, condicionada por el paisaje africano y la frustración de unos padres (sobre todo su madre) que no consiguieron realizar sus sueños.

Se educó en varias escuelas de Salisbury (Harare), pero abandonó los estudios a los catorce años. Y se siente afortunada por ello.

En esas mismas palabras introductorias, se adelanta a las críticas que la acusarán de ser exagerada, precisamente porque no conoce el sistema educativo.

Y se contesta:

No exagero en absoluto y la reacción de alguien del exterior es valiosa, simplemente porque es fresca y no está mediatizada por la lealtad a una educación particular. […]

¿Por qué la interpretación de la palabra “crítica” es siempre la de encontrar faltas?

Solamente hay una manera de leer, que es huronear en bibliotecas y librerías, tomar libros que llamen la atención y leer solamente esos, dejando a un lado los que aburren, saltándose las partes pesadas y nunca, absolutamente nunca, leer algo por sentido del deber o porque forme parte de una moda o de un movimiento.

Recuerde que el libro que le aburre cuando tiene veinte o treinta años le abrirá perspectivas cuando llegue a los cuarenta o a los cincuenta, o viceversa.

No lea un libro si no es para usted el momento oportuno.

Y termina recomendando a los estudiantes leer las obras originales antes que las críticas sobre ellas.

Es posible que los estudiantes de Literatura empleen más tiempo leyendo críticas y críticas de críticas del que invierten en la lectura de poesía, novelas, biografías, narraciones…

Muchísima gente contempla este estado de cosas como normal y no como triste y ridículo…

El cuaderno dorado, según señaló ella misma, no tenía propósito  político, sino literario. Y así lo demuestra en sus encendidas y también discutibles palabras introductorias.

Su protagonista, Ana Wulf, novelista, madre divorciada y en sequía creativa, es un alter ego de sí misma. Así describe cómo funcionaba su proceso creador:

Con ello he vuelto a un estado mental ya olvidado, a algo que proviene de mi niñez. Por la noche acostumbraba a sentarme en la cama para jugar a lo que yo llamaba “el juego”. Primero creaba el cuarto donde me encontraba, “nombrando” todas las cosas (la cama, el sillón, las cortinas) hasta que todo estaba contenido en mi mente. Después salía del cuarto y “creaba” la casa; luego salía de la casa y, poco a poco, iba “creando” la calle; y a continuación me elevaba al aire contemplando Londres por debajo de mí (los enormes e inacabables yermos de Londres), a la vez que conservaba en mi mente la imagen del cuarto, de la casa y de la calle. Posteriormente “creaba” Inglaterra, la forma de Inglaterra en la Gran Bretaña, el grupito de islas colocadas frente al continente, y después, poco a poco, “hacía” el mundo, continente tras continente, océano tras océano. La gracia del “juego” estribaba en crear esta vastedad reteniendo a la vez en la mente el cuarto, la casa y la calle en su pequeñez, hasta que conseguía llegar al punto en que salía al espacio y miraba el mundo, una bola bañada por el sol en el cielo, que daba vueltas por debajo de mí. Al conseguir este punto, con las estrellas a mi alrededor, y la pequeña Tierra girando debajo de mí, intentaba imaginar al mismo tiempo una gota de agua bullendo de vida o una hoja verde. A veces conseguía lo que deseaba, el conocimiento simultáneo de lo vasto y lo diminuto: también me concentraba en una sola criatura, un pececito de colores en un lago, una sola flor o una mariposa, y trataba de crear, de “nombrar” el ser de la flor, la mariposa y el pez, creando poco a poco a su alrededor el bosque, el lago o el espacio de aire que sopla en medio de la noche, agitándome como si tuviera alas. Era así como yo podía “pasar” de lo pequeño a la inmensidad del espacio.

He encontrado algunas mujeres excepcionales que, como ella, sin ayuda de estudio alguno, sólo guiadas por su inteligencia natural, sus lecturas, su arte, son capaces de escribir maravillosamente novelas sin saber nada de estructuras. Son capaces de aumentar el mundo. Todos creamos mundos, habitamos el mundo a partir de ficciones que aceptamos y ficciones que rechazamos, las capacidades creativas e inventivas son universales porque sin ellas no podemos socializarnos.

Pero la misma Doris Lessing, que arremete contra un modelo de enseñanza obsoleto, se siente deudora de todas aquellas que fueron sus maestras. Sus antecesoras. Las que escribieron los libros que le permitieron aprender sin escuela en la tradición inglesa.

El patrimonio de la cultura es la educación. Y muchas veces, sin esos maestro que señalan obras, que transmiten su entusiasmo por autores, que leen con los alumnos a clásicos que nunca llegarían a ellos de otro modo, las personas menos dotadas que ella, pero con ansia de aprender nunca serían capaces de bucear en las bibliotecas.

Ni tampoco habría personas capaces de luchar con la palabra por la liberación de la mujer. Por conseguir que sea persona libre, autónoma, rompedora. Como ella misma y su admirada Virginia Woolf.

“Cuando se es una escritora perteneciente a la tradición inglesa, una debe ser consciente y sentirse agradecida de un patrimonio que significa no tener que luchar como mujer para ser publicada y valorada. En Inglaterra las mujeres se han ganado la vida como escritoras desde hace siglos y, a veces, protestando con energía contra su destino. Mi agradecida conciencia de este patrimonio es la razón por la que suscribo la máxima de Virginia Woolf, según la cual las escritoras serán libres cuando, sentadas a escribir, no piensen si escriben o no como mujeres”.

Siento que nadie puede escapar de sus fantasmas. Que no hay blancos y negros, sino grises, que cada cual es rehén de su pasado, de sus vivencias, de sus frustraciones.

Entiendo que hay muchas cosas que cambiar en la enseñanza, que la evolución es necesaria, que nos falta, como al sistema inglés del que habla Lessing, frescura, espontaneidad, creatividad, arte… Que había defectos en la educación victoriana, y los hay en la actual.

Pero siento, también, que no es posible cambiar nada sin el trabajo sistemático, sin el poso del conocimiento, sin el bagaje cultural necesario. Y la escuela puede darlo a quienes no tienen la suerte, como Lessing, de ser cosmopolitas, inteligentes, cultos, conocer varias culturas. No todos pueden ser, sin ayuda, Premio Nobel, mujer comprometida, buena escritora… Quizá su compañero de Nobel, Albert Camus, no lo hubiera sido sin la ayuda de su entrañable maestro al que dedicó el premio.

Nunca hubiera estudiado el niño Camus sin la terca insistencia del maestro, Louis Germain, ante su madre analfabeta, sorda y casi muda. Nunca se hubiera levantado, sin la escuela pública, de la miseria a la que estaba condenado.

He visto cómo se encendía el interés por las leyendas clásicas en alumnos que no sentían la más mínima atracción por la escuela y la clase de Lengua. Sin la “obligación” de escuchar en clase la lectura, nunca quizá las hubieran conocido. En sus casas, como en las de Camus no había libros, ni padres cultos. Sí, muchos problemas y necesidades.

He visto, después, a esos alumnos devorar libros que les prestaba. Les he escuchado pedir consejo ávidamente para sacar otros de la biblioteca…

Hay que desterrar de la enseñanza la feroz competencia, quizá los premios y castigos. Puede que un sistema de exámenes obsoleto. Puede que sea necesaria una renovación profunda del sistema.

Pero, sin escuela, esa que ella abandonó, muchas personas quedarían excluidas no sólo de la cultura sino también de la vida.

Como dice Rancière, la igualdad tiene que ser el punto de partida. Si la asumimos como línea de meta, nunca “igualaremos” a los que son desiguales: la distancia entre ellos seguirá perpetuándose a medida que avanza el proceso.

Un tema para pensarlo y repensarlo. Un reto apasionante.

2 comentarios leave one →
  1. 14/03/2013 17:31

    En mi casa hay libros. De hecho, muchas veces he pensado que hay “demasiados libros”.

    Cuando de pequeña leía por la noche, mi madre me decía que era hora de estar dormida; pero que, siendo filóloga, no podía decirme que cerrara el libro y apagara la luz. Puede que desde entonces se esté incubando algo en mí, desde que empecé a devorar libros por las noches porque ya era “demasiado mayor” para pedírselos a ella sentada al borde de la cama. Puede que ya entonces me estuviera convirtiendo en ave nocturna, con los ojos abiertos en la oscuridad.

    Pero fue más tarde cuando me convertí en vampiro, cuando empecé a ver historias a mi alrededor, rasgos de personajes en la gente que me cruzo por la calle. Fue más tarde cuando empecé a sentir la necesidad de ponerme a escribir, hasta la hora que fuera, una noche tras otra. Ahora estoy atrapada. Algo me ha mordido y no hay vuelta atrás, soy un vampiro.

    Puede que entonces incubara algo, empezara a ser lechuza de ojos hambrientos. Pero se me abrió un mundo nuevo cuando empezamos a escribir en clase, en primero de bachiller. Sé que si no hubiera elegido esa asignatura, si no hubiera sido mi profesor, ahora no sentiría lo que siento por la literatura, lo que siento cada vez que escribo.

    Es verdad que la educación tiene grandes fallos que nutren las exigencias de esta sociedad depredadora. Pero también es verdad que muchos profesores enseñan a soñar, a luchar, a vivir.

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    • 27/03/2013 4:29

      Si es verdad que las palabras vuelan, las tuyas han llegado lejos y, como siempre son certeras, generosas y bellas. Ese virus, felizmente, sigue activo y crece junto contigo. No te cures nunca.
      Un beso grande.

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