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La política como respuesta

06/02/2013

Decía Fedor Dostoievski que El Quijote es el libro más triste que se ha escrito, pues es la historia de una ilusión perdida.

El caballero representaba la lucha titánica por conciliar palabra y realidad en un mundo en el que no coincidían.  Era un huérfano en busca de su ideal. Pero la realidad le roba el sueño y muere cuerdo, porque no es posible escapar del todo a la cordura.

Cervantes, un hombre apaleado por las circunstancias y un genio clarividente, nos legó en su libro la más hermosa lección de vida que nunca se haya escrito.

He recordado sus palabras tras la tormenta perfecta que aplasta a un país al borde del colapso. Escándalos de corrupción sin precedentes, desprestigio de los políticos, desconfianza ciudadana, medios críticos silenciados y justicia lenta, cuando no paralizada.

Se siente miedo y desolación al comprobar cómo esa lacra corrupta se ha instalado en la sociedad de manera que no sólo es costumbre, sino modelo.

Vivimos tiempos difíciles. Arribistas sin escrúpulos alardean de sus fechorías. Todo lo rige el economicismo que, como afirma Sábato, es una guerra no armada que usa la lucha individualista contra el otro.

Hubo un tiempo en el que la honradez se aprendía de los mayores. Simplemente, ellos cumplían con su deber. La dignidad estaba por encima de tentaciones fáciles.

Hoy, los jóvenes se educan viendo cómo medran los sin escrúpulos. Cómo se tronchan los sueños y cómo el dinero es el gigante que aplasta a los quijotes que pretenden reformar la realidad.

Porque esto no es nuevo. Hace muchos años que ocurre delante de nuestros ojos. Pero parecíamos cegados por los señuelos de oropel y conformes con las migajas de los saqueadores.

Este País Valenciano escogió el camino fácil del triunfo de unos pocos a costa del bien común y de apariencias vacías. Del hoy contra el mañana. Del egoísmo frente a la generosidad. De los fastos frente a los servicios públicos. La trama de Urdangarin hizo sus sucios negocios en estas tierras, y la Gürtel, y la Brugal, y los turbios manejos de Emarsa. Éramos un imán siniestro para los corruptos.

Han fallado los políticos porque no han hecho política, sino partidismo. Ocupados en sus guerras de poder, han perdido contacto con la realidad. Ponen en serio peligro el sistema y la ética parece desaparecida. Sustituyen la honradez por el descaro. Hacen declaraciones incendiarias en las que la consigna sustituye a las ideas y no respetan nada. Todo vale en esta siniestra huida hacia adelante de la que tanto sabemos en Gandia.

 Los políticos no son los dueños del poder. El poder es del pueblo soberano que delega en ellos por un tiempo y que tiene derecho a exigirles responsabilidades, si no cumplen lo prometido. La ciudadanía tiene obligación de denunciar a “trepadores y cucañistas”, como los llamaba Antonio Machado, que usan la política como un bien personal.

Han fallado los medios de comunicación adormecidos. Su misión no es ser voceros de personajes sin escrúpulos, ni actuar al dictado, admitiendo humillaciones intolerables. La libertad de expresión no es sinónimo de desvergüenza. Ni la democracia justifica lo que hacen y dicen algunos. La información no es un negocio. La verdad es lo importante. La hipocresía está muy repartida.

Peligra la democracia. Los ciudadanos desencantados caen en la trampa de confundir política y políticos. Ya lo hizo la generación del 98 y abrió la puerta a una dictadura. Seamos cautos pues nos venden, de manera calculada, el desprestigio de lo público sólo para prestigiar sus negocios privados.

Necesitamos una política renovada que dé respuestas a los retos del s. XXI y articule una reforma tan esperada como urgente. Deberían meditar sobre ello todos, Gobierno y oposición. Y también, sobre su papel tan necesario en una sociedad herida, apaleada por el poder omnipotente del dinero.

Ha llegado la hora de la reflexión, pero no del desaliento.

“Bien podrán quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo imposible”

Hacía decir Cervantes a Don Quijote.

Vivimos tiempos en los que gente sin escrúpulos está adueñándose hasta de las palabras. Hay que estar alerta, porque la vergüenza no entra en su vocabulario.

Quizá porque, como decía Marx, la vergüenza es un sentimiento revolucionario.

 Imágenes: Grabados de Gustavo Doré.

Pablo Genovés. Mar tendida, 2011

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