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Reencuentro

13/01/2013

 

Cuando esa mañana oyó el timbre del teléfono, en la última persona en la que pensó fue en su hijo. Se había convertido en un extraño que ni siquiera se interesaba por ella.

Desde que murió su marido, se había ido adaptando a la soledad hasta hacerla su compañera. Se había despendido de la angustia como de una piel seca y hasta había conseguido arrancarla de su alma sin dolor. Ahora estaba serena.

Con el tiempo, aceptó que su hijo era sólo una persona que ni siquiera la llamaba madre.

Escuchó, sin emociones, su invitación a comer. Luego todo pasó deprisa, como en un sueño extraño.

Al salir del banco, tras firmar aquel cheque suculento, oyó sus torpes palabras de agradecimiento.

Algo saltó en su alma herida. Se escuchó decir, seca y tranquila: “No me lo agradezcas. Lo hubiera hecho por cualquiera”.

Imagen:  E. Hopper, Intermission.

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