Skip to content

El sufrimiento silenciado de los invisibles

19/12/2012

Ayer, fue el Día Internacional de las Personas Migrantes. Las que por razones poderosas se ven obligadas a abandonar sus raíces y afrontar un futuro incierto en busca de una vida mejor. Un salto al vacío de consecuencias imprevisibles.

Apenas algún medio nacional y medios alternativos, como Diagonal, Setmanari Directa o Periodismo Humano, se hicieron eco de ello.

Los inmigrantes se reducen a sombras invisibles para nuestras miradas. Tan grave como el racismo y la xenofobia es la indiferencia social ante sus problemas. Ante su soledad y ante las injusticias de las que son víctimas.

Indiferencia de una sociedad demasiado ocupada como para atender a personas que son despojadas de sus derechos civiles. Condenadas a no existir. A morir lentamente.

Nuestras incertidumbres e inseguridades construyen un muro ante la desgracia ajena.

Olvidamos que todos somos migrantes, y que su hoy puede ser nuestro mañana. Por eso cerramos los ojos al racismo institucional de un Gobierno que parece perseguir con saña a los débiles de los débiles.

Llegan huyendo de la miseria y la exclusión y se encuentran con el horror. Como dice el tunecino Mohamed:

Se supone que esto es Europa, pero he visto cosas terribles aquí.

Porque más de 2.000 páginas racistas fomentan el odio al diferente, sin preocupar demasiado a los poderes públicos. Porque desde ciertos ayuntamientos se fomenta el racismo y se busca un puñado de votos a costa de la caza al inmigrante.

El paro los azota con una crudeza once veces superior a la de los españoles y, sin embargo, se les acusa de quitar puestos de trabajo.

Regularizar su situación es casi tarea imposible sin contrato, y se añaden normas populistas que sólo buscan entorpecerla aún más. Y no se persigue a mafias que los engañan. Bien lo sabemos en Gandia.

Además, el gobierno de Rajoy les ha privado del derecho a la sanidad. Ha dejado sin cobertura a más de 150.000 personas. Una ley injusta que hasta el  Tribunal Constitucional ha revocado en el País Vasco.

Sólo casos, destapados por algún medio, como los de Isaac o Carolina han sido atendidos forzada y puntualmente. Como si el derecho a la salud no fuera más que caridad. Como si la vida de las personas no estuviera muy por encima de la economía.

Nueve comunidades aplican esta ley inhumana e inmisericorde. Como decía la Antígona de Sófocles, ni los dioses del mundo subterráneo se hubieran atrevido a imponerla.

Sin temblarles la mano, condenan a muerte a enfermos crónicos, con cáncer, VIH o pendientes de operaciones graves. Y lo hacen en nombre de un hipócrita “humanismo cristiano” alejado del Evangelio y los derechos más elementales.

Y, por si faltara algo en esta historia de la infamia, miles de personas permanecen encerradas en los CIE. Centros de internamiento que ocultan vidas humanas tras muros carcelarios por el único delito de no tener papeles.

Tampoco los vemos. Tampoco se sabe que mueren hacinados, sin atención médica, maltratados y sin derechos. Esperando su expulsión. Un infierno dentro de otro infierno.

Los muros que levantan nuestros miedos generan monstruosidades. Aceptamos callados redadas policiales injustas, Guantánamos cercanos que ignoramos y que esconden lo que no queremos ver.

El racismo institucional crea una imagen que ensombrece y degrada al inmigrante. Asociada a la inseguridad, la policía, la delincuencia. Porque vender incertidumbre es la herramienta de poder más decisiva. Porque así funciona mejor el populismo.

Porque el miedo engendra miedo. Y nos dominan con el terror a perder lo poco que nos queda. Nos señalan hacia las víctimas de abajo e impiden que veamos lo que nos imponen desde arriba.

Así, nuestra mirada cómplice acepta mejor la injusticia y olvida que los de abajo son seres humanos. Que aportan al Estado español tres veces más de lo que cuestan. Que, como dice el economista Galbraith, las migraciones benefician siempre al país de acogida.

La doctrina perversa de estos neoconservadores predica dolor y desigualdades como si fueran una cuestión natural. De “sentido común”, repiten. Nada más lejos de la justicia.

El escritor y político portugués Almeida Garrett planteaba ya en el siglo XIX:

Y yo pregunto a los economistas, políticos, moralistas, si han calculado el número de seres que es preciso condenar al trabajo esclavo, a la desmoralización, al infantilismo, a la ignorancia vergonzosa, al infortunio insoportable, a la miseria absoluta, para producir un solo rico.

Ya sería hora de hacer el cálculo y de abrir los ojos, para impedir que el sufrimiento de muchos enriquezca a unos pocos.

 Fotos: Edu León y Olmo Calvo.  Fronteras invisibles

Vídeo: 730 días confrontando (2012) Antigonia.com

7 comentarios leave one →
  1. 19/12/2012 19:59

    Excelente entrada, te recomiento que le eches un vistazo a la página de las Brigadas Vecinales de Observación de DDHH que están denunciando las redadas racistas y la persecución a migrantes: http://brigadasvecinales.org/

    También es interesante la campaña Tanquem els CIE: http://tanquemelscies.blogspot.com.es/

    Y en general, como dices, seguir la cobertura de Diagonal, la Directa o Periodismo Humano, unos de los pocos medios en España que tratan las migraciones sin el discurso racista y servil de los grandes medios.

    Me gusta

    • 21/12/2012 9:56

      Muchas gracias por los enlaces. Habrá que ver estos medios alternativos para abrir los ojos. Está claro que los convencionales contribuyen a la invisibilidad. Cuando no, a la visión racista y deformada.

      “Lo urgente no es gritar “vade retro” al demonio populista, sino quitarle -no sin arduo esfuerzo- sus armas mentirosas y sus artificios” (Ernst Bloch)
      Avisaba de la irrupción y el avance nacionalsocialista. Y me recuerda la escena de Cabaret de la que ya he hablado en otra entrada: “¿Aún crees que podréis controlarlos?”

      Pues eso. Estamos avisados.

      Me gusta

  2. arantxa permalink
    19/12/2012 23:18

    Sempre recorde aquesta historia per a aquells que no en tenem memoria o no volen saber. La odisea de “La Elvira”

    “Un velero destartalado arribó a nuestras costas con 106 inmigrantes ilegales a bordo. Los sin papeles detenidos, entre los que había diez mujeres y una niña de cuatro años, se hallaban en condiciones lamentables: famélicos, sucios y con las ropas hechas jirones. La bodega del barco, que sólo medía 19 metros de eslora, parecía un vomitorio y despedía un hedor insoportable.”

    Esta nota periodística perfectamente podría ser una historia actual, de inmigrantes africanos o cubanos, pero pertenece al diario Agencia Comercial de Venezuela, y los protagonistas eran inmigrantes españoles, la fecha, 25 de mayo de 1949.

    Las migraciones son fenómenos recurrentes en la historia, pues obedecen al instinto de supervivencia, de buscar mejores días, y muchas veces son un viaje sin retorno. En la primera mitad del siglo pasado muchos europeos emigraron a América del Sur, especialmente huyendo de las guerras mundiales.

    La Guerra civil asoló a España y la sumió en la más desesperante de las pobrezas. Para empezar, España había perdió gran parte de su población y por ende su capacidad productiva, desatándose así una aguda escasez de alimentos que generó años de hambre y miseria extrema. La situación empeoró en 1939 con el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

    En aquella época Latinoamérica y varios de sus países contaban con economías prósperas y emergentes, debido en parte al comercio y a la importación de petróleo. Una de las economías más vigorosas era la de Venezuela, que con su boom petrolero y alto estándar de vida, acogía a ciudadanos de países vecinos.

    Los españoles emigraban especialmente a otros países europeos, pero los más pobres, quienes no tenían contactos ni nadie que los acoja, no tenían más remedio que emigrar al nuevo continente. Y era entendible, ya que en esa época del primer franquismo un agricultor con mucha suerte podía ganar de 10 a 20 pesetas al día. Recordemos que en aquella época la cotización de la peseta española fluctuaba aproximadamente en 20 pesetas con respecto al dólar. Estamos hablando que con suerte se alcanzaba a ganabar un dólar diario, mientras que los rumores de los familiares de quienes habían emigrado a Venezuela, decían que en ese próspero país se ganaba entre 8 y 10 dólares por día de trabajo.

    Esta historia empieza en la Semana Santa de 1949, cuando un centenar de personas se escabulleron por el muelle de Las Palmas y embarcaron en varias canoas. En su mayoría eran campesinos de Gran Canaria, que en ese tiempo y con suerte habían podido vender sus tierras y animales, y algunos hasta se habían endeudado con sus familiares para poder pagar las 4000 pesetas que costaba el viaje.

    “La Elvira” era una embarcación tipo goleta que el tenerifeño Ramón Redondo había comprado un mes antes por el precio de 250.000 pesetas. Se trataba de una goleta muy vieja que había pasado por varias manos, en su mayoría pescadores de la costa de África, y según decían, su construcción databa de hace más de 90 años. Era una embarcación centenaria.

    Las canoas se dirigieron con los inmigrantes hacia la isla cercana de Fuerteventura, que es donde se hallaba anclada “la Elvira”, y apenas acababan de abordarla, cuando escucharon gritos y disparos provenientes de una lancha de la guardia civil. El capitán de la Elvira decidió no detenerse y desplegar las velas, era ahora o nunca. Gracias a esa maniobra temeraria del capitán, el grupo de españoles pudo seguir su travesía.
    Las provisiones del barco consistían en patatas, garbanzos y gofio, que es una harina de cereal típica de las Islas Canarias.

    Al amanecer, el dueño de la embarcación pasó lista y dio las primeras instrucciones en cubierta:
    “Somos 85 hombres, 11 marineros, 10 mujeres y una niña de 4 años. Las mujeres dormirán en los camarotes de popa y los hombres en la bodega. Traten de tener un puesto fijo para no andar con peleas. Sólo hay 20 platos y 20 cucharas”.

    Los primeros problemas empezaron a darse nada más al salir de las islas, ya que Antonio Rodríguez, alias “el puro”, fue el capitán encargado de sacar el barco de las islas, pero luego debía transferirle el mando a Antonio Cruz Elórtegui, quien demasiado tarde confesó: “Yo sólo soy un perseguido político vasco. No tenía dinero, y ofrecerme como capitán era la única forma de embarcar”.
    Obviamente cundió el pánico y la conmoción fue general, al punto que intentaron lincharlo, pero los cinco ayudantes de cubierta lo evitaron. “El puro”, apodado así por su excesiva afición al tabaco, fue enfático y les dijo que “debían volver inmediatamente a Canarias”, pero un pasajero llamado Regino Camacho armó un motín y con pistola en mano, le persuadió a que se hiciera cargo de la nave. Camacho era un ex convicto con antecedentes criminales, pero según los testimonios que recoge el libro de Gonzalo Morales, titulado “Fugados en velero”, éste no era el único homicida, ni esa era la única arma que viajaba a bordo.

    “El puro” decidió navegar de frente hacia la salida del sol y sólo utilizaba el reloj del dueño de la nave, Ramón Redondo, que por ser muy exacto usaban a modo de cronometro y cada día miraban la hora al llegar el sol a su máxima altura para saber cuánto había avanzado ese día.

    Los pasajeros tuvieron que acostumbrarse a comer las patatas que se pudrieron debido a la humedad y los garbanzos que habían estado embodegados desde hacía tiempo con gorgojo. El agua estaba estrictamente racionada a un vaso diario por persona.
    Muchos nunca se acostumbraron a los mareos propios de la navegación. Como todos dormían en una gran bodega, siempre se levantaban mojados por los vómitos de sus compañeros, dormían uno encima de otro y se turnaban para que unos estuvieran en cubierta del barco y otros abajo, pues no cabían todos.

    En medio del Atlántico una tormenta estuvo a punto de hundirlos, pero la nave logró soportar el temporal. Eso sí, sufrió varios daños, de los cuales el más importante fue la ruptura del timón que fue arreglado por “el puro”.

    Habían navegado ya más de un mes y la moral de los inmigrantes estaba por los suelos, no sabían si su improvisado capitán alguna vez divisaría tierra o morirían en el mar, de hecho, el lugar al que arribaran ahora era lo de menos, lo que todos querían era desembarcar.

    Descorazonados y para no deshidratarse, ya casi nadie sabía a cubierta, pasaban casi todo el día en la bodega, donde sólo cabían tumbados y apretados como sardinas en lata. Hacían sus necesidades tras unos tablones. Vomitaban unos sobre otros y pronto se llenaron de piojos. El ácido de los vómitos y el salitre del mar desgastaron sus ropas que pronto se convirtieron en harapos. Con aquellos jirones, las mujeres hicieron compresas cuando se les presentó la regla.

    Al amanecer del 22 de mayo, tras 36 días de viaje, alcanzaron el puerto de Carúpano, en Venezuela. Al llegar a la costa, famélicos, tras 36 días de calamidades, se lanzaron sobre una fruta extraña que olía a trementina y que pensaron que era venenosa, pero pudo más el hambre que el miedo a morir. Tuvieron suerte, esas frutas eran mangos.

    Navegaron aproximadamente 6000 Km en 36 días

    Antes de fallecer, Ramón Redondo, el propietario del barco, escribió el final de la aventura: “Fuimos remolcados hasta La Guaira por una lancha de la Guardia Nacional Venezolana. Las autoridades nos reseñaron como inmigrantes voluntarios. Luego nos trasladaron hasta un centro de inmigración en Caracas. De ahí nos llevaron al estado de Yaracuy, a un campo azucarero llamado Matilde, donde estuvimos limpiando surcos y abonando los cañaverales. Después de un mes regresé en autobús hasta Caracas, donde viví en una pensión y limpié coches por la noche. Me enteré de que habían trasladado “La Elvira” hasta Puerto Cabello. Allí me fui. Unos pescadores me acercaron hasta ella y me dejaron solo. Lo encontré todo tan desmantelado que me dieron ganas de llorar. Subí por las jarcias hasta lo alto del mástil y rescaté la bandera española que habían hecho las mujeres con trozos de tela (…). Volví a Caracas y, después de muchos contratiempos, organicé mi vida, me casé y tuve cuatro hijos”.

    Este solamente es un caso de cientos de naves que salieron de las Islas Canarias hacia América, especialmente a Venezuela. Se calcula que, sólo en los años 40, de aquellas Islas salieron 128.000 canarios hacinados en barcos de vela.

    La historia es cíclica, siempre vuelve a repetirse y lo hace en distintas direcciones. La situación ahora es diferente y los migrantes son otros.

    Nadie puede elegir el lugar y el tiempo para nacer, pero si alguien se gasta todo su dinero en un viaje que le puede costar la vida, es porque realmente en su país de origen la está pasando muy mal. Es triste que muchos de los otrora países migrantes, ahora criminalicen y persigan a gente que sólo busca un medio de subsistencia.

    Me gusta

    • 21/12/2012 10:00

      Esta historia puede ilustrar perfectamente lo que apuntaba en la entrada. El hoy de los inmigrantes, que no queremos ver, puede ser nuestro mañana. Ya fue nuestro ayer cercano.

      Parece mentira que la memoria sea tan frágil…

      Gracias por compartirla conmigo.

      Me gusta

  3. Vicente Lloret permalink
    20/12/2012 8:59

    El día a día de estas personas debe de ser una auténtica odisea. Es difícil abandonar una vida y empezar de cero para mantener una familia, el sacrificio que ello conlleva es inmenso y si además le sumas la no aceptación de los demás…se convierte en un auténtico calvario. La violencia no terminará mientras el color de la piel sea más importante que el color de los ojos. Olvidamos que todos somos migrantes y que la vida da demasiadas vueltas para despreciar a personas tan dignas como nosotros. Si retrocedemos sólo un poco en el tiempo podemos ver que en España se emigró a Francia y, anteriormente, a Argentina. Las vueltas que da la vida… Todos, repito, todos, somos migrantes.
    Como dijo Unamuno: “El fascismo se cura leyendo y el racismo viajando”.

    Magnífica entrada, Agustina.

    Un fuerte saludo!

    Me gusta

    • 21/12/2012 10:16

      Olvidamos que nacer aquí o allá es cosa del azar. Algo tan leve, que agarrarse a ello para atacar al débil y al diferente sólo indica ignorancia cuando no, maldad.

      Unamuno no iba desencaminado, aunque había y hay nazis “cultos”, melómanos y viajeros… El mal tiene la sombra muy alargada. Y se envuelve muchas veces en ropajes engañosos.

      Mira lo que dice la sobrina nieta de Himmler: http://www.lavanguardia.com/lacontra/20110701/54179045150/los-alemanes-mas-cultos-ordenaban-las-ejecuciones.html

      “La burguesía alemana sostuvo al patán de Hitler porque le dio ocasión de ser protagonista de la historia”.

      Habrá que estar alerta siempre.

      Un saludo, Vicente.

      Me gusta

      • Vicente Lloret permalink
        22/12/2012 0:39

        Cierto Agustina. Personajes de la talla de Wagner o Heidegger eran antisemitas. Como dices muy bien ahí arriba “indica ignorancia cuando no, maldad” Esa frase lo dice todo…

        Un saludo, Agustina!

        Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: