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Cartas de esperanza para tiempos duros

24/11/2012

En su  correspondencia con el subcomandante Marcos  que se recoge en  La forma de un bolsillo, John  Berger le escribe al zapatista:

“En una carta desde la prisión, en 1931, Gramsci les contaba un cuento a sus dos hijos, al más chico de los cuales, debido a su encarcelamiento, no había visto nunca.

Un niñito se ha quedado dormido con un vaso de leche en el suelo, junto a su cama. Un ratón se toma la leche; el niño se despierta, encuentra el vaso vacío y se pone a llorar.

Así que el ratón acude a la cabra y le pide un poco de leche. La cabra no tiene leche, necesita pasto.

El ratón sale al campo, y el campo no tiene pasto porque está demasiado reseco.

El ratón va al pozo, y el pozo no tiene agua porque necesita reparación.

Así pues, el ratón va con el albañil, pero este no tiene el tipo de piedras que se necesitan.

Entonces, el ratón va a la montaña, y la montaña no quiere saber nada, parece un esqueleto porque ha perdido sus árboles. (Durante el siglo pasado, Cerdeña fue drásticamente deforestada para proporcionar durmientes [traviesas] al ferrocarril de la Italia continental.)

A cambio de tus piedras, le dice el ratón a la montaña, el niño cuando crezca plantará castaños y pinos en tus laderas.

La montaña accede a darle las piedras.

Más tarde, cuando se hace hombre, planta los árboles, la erosión se detiene y la tierra se vuelve fértil.

P.D. En el pueblo de Guilarza hay un pequeño Museo Gramsci, cerca de la que fue su escuela. Fotos. Ejemplares de libros. Unas cuantas cartas. Y, en una vitrina, dos piedras talladas en forma de pesas redondas, del tamaño de una toronja. De niño, Antonio [Gramsci] hacía todos los días ejercicios con estas piedras, para fortalecer sus hombros y corregir la malformación de su espalda.”

No sé bien por qué cuando las noticias son duras como es habitual en estos meses, la esperanza en el ser humano flaquea, el miedo a lo peor crece, y el alma se encoge agazapada ante tanta indecencia, he necesitado volver a este libro y a la figura de Gramsci.

No sé bien por qué, precisamente hoy, necesito encontrarme con un ser humano al que encarceló el fascista Mussolini, violando la inmunidad parlamentaria. Una persona incómoda de la que su sombrío ministerio público declaró: «Por veinte años debemos impedir a este cerebro funcionar». Un hombre condenado a veinte años, cuatro meses y cinco días de reclusión.

Un torturado al que el mismo médico de la cárcel de Turi llegó a confesar que su misión como médico fascista no era mantenerlo con vida.

Padece morbo de Pott, tisis y arteriosclerosis, además de hipertensión y de gota, pero no deja de escribir y de dar esperanza. Entre otras muchas cosas, hermosos relatos para sus hijos que resumen la solidaridad, el futuro mejor que se construye en el presente, entre todos, en comunión con la  Naturaleza. Con el esfuerzo inquebrantable de cada día. Cada día de ocho largos años sometido a una muerte lenta.

Al hombre gravemente enfermo, se le concede la libertad seis días antes de morir. Tenía sólo cuarenta y seis años.

Quizá vuelvo a ese libro porque conocí la figura de Gramsci gracias a personas a las que debo mucho. Personas que, en esas carambolas poéticas, propias de una realidad prosaica, unieron a Gramsci, Berger, Fernández Buey, Marcos, mi ciudad natal, México y tantas otras cosas que se quedan dentro del puzle de mi memoria porque son solo mías. Y sentiría que las traiciono, si las compartiera.

Quizá he vuelto a su figura porque siento que su nobleza y su integridad redime a la humanidad. Una humanidad autodestructiva, empeñada en la catástrofe.

O porque una de sus frases me acompaña siempre y más, en épocas duras de desaliento. Épocas en las que se mira en torno y “no se halla nada en que poner los ojos”:

Pesimismo de la razón, optimismo de la voluntad.

Voluntad de levantarse cada día con la obligación de la esperanza y la exigencia de construir nuestro propio destino. Para dar forma a nuestra vida. Aunque el mundo se empeñe en deformarla.

O, tal vez, porque, como afirmaba Ernesto Sábato:

En tiempos oscuros nos ayudan quienes han sabido andar en la noche.

Esas personas especiales que poseen una fuerza sobrehumana para superar lo imposible. Que nunca se doblegan y que dejan huella imborrable incluso en sus verdugos. Que tienen una especie de luz.

Tras volver a encontrarme con sus palabras, un sábado cualquiera de finales de noviembre, pienso que no todo está perdido. Que el otoño es la puerta de un nuevo invierno que abre paso a la primavera.

Que se pueden superar todas las dificultades. Y, lo que es más importante, que la dignidad, la solidaridad y la esperanza de las personas no pueden ser doblegadas.

Porque las contrariedades nos hacen fuertes. Nos hacen humanos por imperfectos. No me gustan los “perfectos”. Me recuerdan demasiado a los autómatas sin alma. Desalmados: gráfica y descriptiva palabra.

Como escribe la narradora Andrea Dworkin, cuyo descubrimiento también le debo a Berger:

No tengo paciencia con los que no han sido desgarrados, los que no han atravesado malos tiempos, no se han venido abajo, ni se han hecho pedazos y recompuesto luego con toscas costuras y burdas cicatrices, nada bonitas. Y entonces, algo destella.

Pero esos, todos lustrosos por fuera, meneando el trasero, a decir verdad, no me gustan. En absoluto.

 

Imagen: Pintura al óleo de Cristopher Stott

 

 

 

7 comentarios leave one →
  1. arantxa permalink
    27/11/2012 22:53

    Gràcies.

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  2. 30/11/2012 1:39

    Impresionante.

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  3. Ana permalink
    30/11/2012 2:10

    Me ha encantado. Pau, dejas muy buenas pistas para seguir. Gracias.

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  4. aran permalink
    06/12/2012 11:30

    No, gràcies a tu de debó, aquest enllaç va ser l´oxigen d´un dia molt i molt dolent. Seria tot un plaer coneixer´t, parlar en tu, sentir-te. Li diré al pare que faça per trovar-nos.

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    • 06/12/2012 11:51

      Estaré encantada. Només amb saber que t’ajudo una mica, em sento recompensada. Perdona la meua poca fluïdesa en la teua llengua.
      Una abraçada molt forta, Arantxa.

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