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Una película engañosa y falaz: La educación prohibida

06/09/2012

Dura casi dos hora y media, y la han visto ya más de tres millones de personas en You Toube.

Se presentó en numerosos foros preocupados por la educación como interesante, novedosa, revolucionaria…

Ya el tráiler me hizo sospechar que algo no cuadraba, pero quise esperarme a verla entera para poder opinar y emitir un juicio sobre ella.

Se llama “La educación prohibida” y, tras ese título impactante, se esconde un ataque brutal a la escuela pública. Al modo en que lo hacen los neocon. Sin complejos.

Intentaré explicar mis razones y me gustaría que se viera entera -a veces cuesta seguirla-  antes de opinar sobre ella.

Las imágenes son maniqueas de manual. Profesores malos, caricaturizados hasta en el gesto, aterrorizan a pobres alumnos atados (sic) al pupitre que se ven amenazados por los gritos histéricos de una docente en plano deformado por la cámara.

Si el fondo es temible, la forma no resiste un mínimo análisis desde el punto de vista de la imagen fílmica.

La “historia” manipulada sobre los orígenes de la educación pública tampoco soporta un juicio científico medio. Se relaciona ahistóricamente con el militarismo, la opresión, la uniformización y la producción de trabajadores para el sistema.

Precisamente lo que se quiere hacer ahora, desde las filas ultraliberales, con la enseñanza. Formar perfectas élites acríticas. La ley Wert, dócilmente seguida por la consejera valenciana Catalá, pretende volver a tiempos oscuros en los que la educación sólo era para algunos privilegiados.

La escuela, pública por supuesto, no es educación según las declaraciones de “sus” expertos. Los profesores son robots sin iniciativa, no dejan jugar a los niños y se atreven a intentar que estudien y aprendan. Todos son autoritarios.

Los entrevistados que hacen declaraciones sesgadas y de dudoso valor científico pertenecen a escuelas privadas: Montessori, Kilpatrick… Mezclados sin orden con proyectos de personas que se consideran en posesión de “poderes paranormales”, y filósofos de la antroposofía mística y pedagogos “libres”. Pero curiosamente no hay ni una voz discrepante. ¿Esa es la formación monolítica y de pensamiento único que preconizan? ¿Un mundo feliz sin discordancias?

Y sus escuelas son “un modelo” de interés, voluntad y libertad en el que los niños son capaces de elegir estar en clase antes que en el parque jugando.

Propugnan el libre acceso a la información sin intermediarios. ¿Cómo puede un niño, sin formación, elegir? ¿Cómo puede ser libre para determinar lo que le conviene, como dicen, sin duda alguna? Su dogmatismo de manual asombra y asusta a partes iguales. El ser humano ya nace formado, afirman (¿?). Se trata de mantener.

Pero no creo que educar sea perpetuar y mantener, sino cambiar, avanzar. Paliar las deficiencias del medio socioeconómico en el que nacemos por azar, no perpetuar las diferencias bajo pretexto de libertad. Libertad que, sin equidad, no existe.

La obligación del maestro es ayudar a aprender, a adquirir conocimientos que nos pueden hacer más libres. No es perpetuar lo establecido. Enseñar a aprender no significa desaparecer. Eliminar la autoridad, que no el autoritarismo, es renunciar a la responsabilidad ante el alumno.

La película asegura, también, que hay que adaptar la cultura al niño. ¿Cómo?  Con amor, contestan. Una explicación tan científica como la astrología. Incluso uno de los profesores llora ante la cámara para demostrar su sensibilidad ante la palabra mágica.

Todo lo anterior se esconde bajo la pátina de “libertad”, observación, elección del alumno frente a indicaciones del profesor. Se enmascara en la crítica adecuada de sistemas anticuados que hay que reformar, del memorismo, las calificaciones por sí solas, la masificación, la despersonalización.

Pero dentro subyace un mensaje claro: la escuela pública no sirve. Busquemos, pues, refugio en los experimentos privados que escapan  a este sistema.

Por si faltara algo. Una historia de chicos rebeldes, aplastados por una directora exigente y unos profesores anticuados, caricaturiza las aulas a lo largo de la película.

Creo que es un documento elitista y peligroso. Un lobo con piel de cordero que responde a la tarea ya conocida de acoso y derribo del sistema público.

 Sistema que tiene defectos, claro. Que necesita una reforma profunda. Que empezaba a ver los frutos de la educación inclusiva. Que nunca tuvo la ayuda y la financiación necesaria: cinco puntos por debajo de la media de la UE27. Que ha sido siempre usada como arma  en  la lucha política.

Que es codiciada por la Iglesia y los negocios privados como un caramelo apetitoso. Que ha sido sometida a un esfuerzo tan terrible, que sus trabajadores han multiplicado por ocho sus depresiones.

Pero que ha permitido la igualdad de oportunidades. Que ha permitido acceder a la cultura a todos, independientemente de su situación económica. Que ha salvado a muchos de la exclusión y ha servido, como siempre, para limar diferencias. Nuestro sistema es el segundo en equidad tras Finlandia.

Pero ahora parece que lo quieren todo. No se conforman con sus reductos privados. Y no ahorran medios. Ahora toca vender este sistema ultraliberal según el cual su “libertad” sin equidad hará que el pez grande se coma al chico. La pública se reducirá a mera beneficencia. La otra, la  suya, será de calidad. Para los que puedan pagarla.

Confirmo mis sospechas sobre “La educación prohibida”. Es una película elitista, maniquea, peligrosa. Ridiculiza la educación pública de modo injusto y con falsedades y propone un modelo dudoso, irreal para todos. Sólo posible para aquellos privilegiados que con su dinero pretenden formar las élites que dirijan el mundo. Y que no aspiren a pensar demasiado.

Afortunadamente, la escuela pública ha enseñado a pensar. Esta sociedad es madura y ya no nos engañan tan fácilmente.

Al menos, eso espero.

Nota. Cuando terminaba de escribir estas líneas me llega este artículo magnífico de Hugo M. Castellano. Lo recomiendo encarecidamente.

Pintura de Shih Yungchun

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