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Francisco Fernández Buey y Gramsci. Escritores del libro blanco de un ideal

26/08/2012

“¿Me pedirás tú, muerto descarnado

abandonar esta desesperada

pasión de estar en el mundo?

P.Paolo Pasolini, Las cenizas de Gramsci

Ayer la noticia me golpeó como un rayo. Fernández Buey había muerto. Todos confiábamos en su victoria contra el cáncer. Pero no ha sido así. Se nos ha ido. Demasiado pronto. Cuando más falta nos hacía su palabra y su lúcido pensamiento.

Fernández Buey, Paco para casi todos, llegó a mi vida como un milagro. Nunca podré agradecerle bastante lo que hizo.

Estaba ahí, en la Universidad Pompeu Fabra, donde había sido acogido tras un largo camino de injusta represión franquista, de dolor y de lucha incansable. Como tantos otros seres excepcionales fue desaprovechado por este país cainita que “desprecia cuanto ignora”, como decía Machado.

Como otros luchadores, era fuerte, animoso y combativo.

Como otros perseguidos, era honesto, solidario, humilde.

Como otros seres humanos excepcionales, era capaz de regalar sabiduría a los jóvenes, de dar luz, de orientarlos en su camino. Sin pedir nada a cambio. Dándolo todo con una generosidad sin límites.

Lo conocí personalmente en un tribunal de Máster, en la Pompeu Fabra. Era maestro, ejemplo y guía del estudiante que lo defendía. Nos enteramos pocos días después de que su compañera había muerto. Estaba muy enferma. Pero él supo estar donde debía. Su deber lo reclamaba. Nadie notó nada. El dolor estaba oculto en los rincones del alma.

Era un hombre de apariencia menuda y frágil que escondía un alma de hierro.

Amable, educado, de pocas y certeras palabras. Con una elegancia de las que ya no quedan.

Antes que su presencia me habían llegado sus palabras. Palabras honestas y valientes que resonaban claras en este mundo falso. Brillaban con luz propia. Eran un faro en la niebla.

Había leído muchas veces el artículo que su discípulo me recomendó sobre Gramsci y la ética política: Gramsci para rojos nepantla  (o perplejos).

Había absorbido, con asombro y agradecimiento, su definición certera de la política como ética de lo colectivo frente a la politiquería de los partidos-mafia en los que la asociación es un fin en sí mismo. Lejos de la búsqueda del bien común y la convivencia.

Sabía de sus clases, de sus atenciones con los alumnos, de su compromiso…

Y un día me llegó, dedicado con mimo, un libro editado y prologado por él:  Antonio Gramsci. Cartas desde la cárcel.

Fernández Buey era uno de sus mejores estudiosos. Y el libro me abrió las puertas del alma de un figura fascinante. De un hombre al que, como tantos otros, no pude conocer en mi larga vida de estudiante debido a la misma censura franquista que torturó siempre al profesor Fernández Buey.

Quizá no fue casualidad que dedicara años a estudiar a Gramsci. Quizá en ellos dos hay algo especial que hace a los seres humanos únicos.

Quizá estaban ahí los dos, desde siempre, para que un día los encontrara y me encontrara con tantas cosas perdidas.

Hay hilos misteriosos que mueven el destino de los seres humanos. La vida se va haciendo con ellos. Y se teje una tela única que viste nuestros días. Tela hecha de retazos de otras vidas.

Las cartas de Gramsci son un testimonio estremecedor de humanidad. En ellas, el autor doliente y encerrado en la cárcel por el cruel fascismo de Mussolini habla de vida, de sentimientos, de libertad y prisión, de presente y futuro. De camino vital. Es un ser irreductible, inmune a la crueldad del fundamentalismo. Capaz de caminar en la noche de la intolerancia.

Así comienza Fernández Buey su magnífico prólogo:

Gramsci ha sido seguramente el pensador marxista más original del periodo de entreguerras(…) y el pensador italiano más citado en publicaciones de humanidades y ciencias sociales. No es nada habitual que coincidan el aprecio político y el aprecio académico (VII)

 ¡Si lo sabría él mismo por propia experiencia!

El italiano era un hombre de enorme fortaleza moral, alto concepto del honor y una dignidad personal a prueba de cárcel. Como el recio palentino. Y  también como él Gramsci:

No quiere dejarse dominar por la aflicción, ni quiere ser consolado (…) Mientras se encontró físicamente bien, o medianamente bien, se preocupó más por disipar los temores de los otros ante un futuro incierto (…) que de solicitar ayudas o pedir clemencia (XV)

Gramsci se debate en la contradicción entre la lucha y el sentimiento. Y se refugia en el estudio y la lectura. Adquiere un férrea disciplina intelectual que lo hace decir que “hay que ser realistas hasta en la bondad”.

Así escribe a su madre en una carta:

 “Yo no hablo nunca desde el aspecto negativo de mi vida, ante todo porque no quiero ser compadecido. He sido un combatiente que no ha tenido suerte en la lucha inmediata y los combatientes no pueden ni deben ser compadecidos cuando han luchado sin ser obligados a ello, sino porque así lo han querido conscientemente”.

Las palabras de Gramsci son citadas por Fernández Buey y parecen un eco de su propio pensamiento. Porque el profesor se define a sí mismo, al definir al encarcelado:

Volitivo, polemista, dialógico, sencillo y práctico, franco y veraz, irónico y a veces sarcástico, intelectualmente agudo, siempre capaz de “sacar jugo de un higo seco”(XXI)

Pero poco a poco, el férreo prisionero italiano se va doblegando porque es humano. Duda, agoniza, aunque no pierde su capacidad de lucha expresada en su frase favorita:

“Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”

Siempre la voluntad en primer plano. Sabe que pesimismo y optimismo son simples y vulgares estados de ánimo, como señala, acertadamente, Fernández Buey.

Porque ser libre de pensamiento trae problemas. Incluso de tus compañeros Y Gramsci lo sabía como lo sabía Fernández Buey, quien dice en un momento de su prólogo:

“Pensar por cuenta propia ha sido siempre una cruz, dentro y fuera de los partidos comunistas. Una cruz aún más pesada en las cárceles. Y en la cárcel no hay Cirineos para eso”. (XXXIV)

Por eso Gramsci se derrumba:

“No creía que lo físico pudiera apoderarse hasta ese punto de las fuerzas morales”.

Y pide ayuda a su cuñada Tatiana:

“Quiero decirte en definitiva que tu incertidumbre determina mi incertidumbre y que tienes que ser fuerte y valiente para darme toda la ayuda posible, lo mismo que yo querría hacer por ti, aunque desgraciadamente no puedo”.

Francisco Fernández Buey termina su prólogo así:

En las dos últimas décadas el mundo, aquel mundo del que Gramsci decía en los años treinta que era “grande y terrible”, ha cambiado mucho. Ha cambiado Italia y ha cambiado Europa. En su país y en el nuestro se lee poco a Gramsci. Ojalá esta nueva edición de las cartas contribuya a llamar la atención sobre su obra. Hoy se puede leer a Gramsci como se lee a un clásico y las cartas que escribió desde la cárcel como un documento histórico de la tragedia del comunismo del siglo XX, como el testimonio de la resistencia que durante décadas hizo a muchos mejores, como una página del libro blanco de un ideal.

Al menos a mí, me ayudaste a conocer a Gramsci y me enseñaste que hay honestidad y valentía, generosidad y humildad. Que hay esperanza y que hombres como tú la encarnan. Que es necesario creer en la utopía. Que la resistencia nos hace mejores.

Gracias, muchas gracias.

Hasta siempre, maestro, tus palabras y tu vida entera demuestran que fuiste uno de los mejores y los que nos enfrentamos a este mundo “más grande y más terrible” estamos hoy más huérfanos.

 Porque nos quedan tus palabras, pero nos falta tu presencia.

Foto: Joan Sánchez

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