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Gritos de justicia y bálsamo de palabras

19/07/2012

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El lunes, un nutrido grupo de manifestantes impidió con sus protestas el acto institucional de apertura de la Universitat d’Estiu de Gandia, el acto político.

El acto académico, la conferencia inaugural, sí se celebró como estaba previsto, aunque parece que algunos medios quieran silenciarlo y, además, tuvo el poder de cerrar las heridas. Heridas que fueron serenadas con la palabra.

Javier de Lucas vino a hablar de cine y habló de dignidad, de desesperación y de miedo. Dio una lección de cultura y sensatez. Porque la cultura sin justicia es elitismo, y la universidad que no está abierta a todos, una farsa.

El pueblo es soberano, como recordó el profesor, y los políticos sólo son administradores de lo público.

Y parte de ese pueblo clama contra sus gobernantes por arrebatarle lo que es suyo.

Está harto de palabras vacías, cuando no de mentiras, y quiere llenarlas de justicia.

Está angustiado y quiere ver un gesto de complicidad, en vez de ver recortados sus derechos.

Está cansado de engaños, de falta de transparencia y de prepotencia, amparada en la mayoría absoluta matemática, no moral ni social.

Exige que se mantengan los servicios públicos como garantía de justicia distributiva.

Exige que se usen para ello nuestros impuestos.

No se puede pedir mesura al desesperado. No se puede exigir sutileza a quien se le quita todo y ya no tiene nada.

No se puede juzgar desde arriba a la gente que sobrevive abajo a duras penas.

No se puede ser inmisericorde con el débil y servil con el poderoso.

Es verdad que hubo un pequeño fallo. No se dejó hablar al director de la UEG y al rector de la UV. No son cargos políticos y también sufren los recortes de la injusticia.

Pero, como dice Calderón de la Barca en el Alcalde de Zalamea:

Errar lo menos no importa, si acertó lo principal.

Y lo esencial fue que se exigió a los administradores de Gandía y la Generalitat, que, por cierto, antes nunca venían, que devuelvan la dignidad a la educación pública. Se les gritó ¡basta!

Se pidió que atiendan a la justicia y la igualdad de oportunidades. Que se sienten a dialogar, no a engañar. Que no nos mientan siempre. Que no nos desprecien.

Porque sí hay alternativas. Y lo saben. La educación empieza en las Escuelas infantiles. Sin ellas es imposible una Universidad de todos. Sin escuela pública no sobreviviremos.

Sólo algunos afianzarán sus negocios y mantendrán sus privilegios. Subirán los impuestos para pagar la alfombra que tapa sus vergüenzas como citó ayer, con acierto, el profesor Javier de Lucas.

Hubo palabras y gritos destemplados, es verdad. La desesperación nubla la mente.

Porque la dimensión de lo que ocurre es tan enorme, tan dramática, que han saltado todas las alarmas. Y no se les puede exigir mesura a las víctimas mientras se les regala comprensión infinita e impunidad a los verdugos.

Y recordé a León Felipe. El poeta exiliado, el payaso de las bofetadas que afirma que gritamos porque tenemos la garganta en carne viva.  Que no hablamos alto sino desde el nivel exacto de las personas dignas. Y que el que piense que gritamos es  porque escucha desde el fondo de un pozo.  Y allí, claro, no se escuchan los gritos de justicia.

Más allá del grito, que también es legítimo y necesario, siempre, siempre nos quedará la palabra. Contra las injusticias, los desalientos y la desolación, vuela libre y es capaz de devolvernos la ilusión y la esperanza  que nos arrebatan cada día. Ella nos mantiene en pie en la derrota y nos sirve de bandera en la batalla.

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