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¿Por qué lo llaman “préstamo financiero” si es un rescate?

14/06/2012

El domingo pasado, Rajoy compareció, obligado, en rueda de prensa de apenas 20 minutos, antes de irse a un partido de fútbol. Sólo lamentó no poder ver el tenis.

El día anterior, Europa y el FMI nos habían obligado a pedir el rescate financiero. El Gobierno español se ha tenido que inclinar ante la presión de los estados del euro.

Y otra vez se han superado a sí mismos en descaro y desvergüenza. Ahora dicen que no se llama “rescate” sino “préstamo financiero” o simplemente “lo de ayer” y nos piden que brindemos como si nos hubieran dado un premio.

Nos dice el presidente que fue él quien presionaba cuando en realidad estaban de rodillas implorando clemencia. No hay nada más patético que pretender presentarse como salvador cuando se es el causante del desastre.

Y ya estamos hartos, que quiere decir hartos, cansados y fastidiados de que nos cambien el diccionario sin permiso y de que nos tomen por tontos. Porque es un rescate con todas las letras en su sitio. Siete letras, las mismas que la palabra recetas y me temo que la receta europea no será suave. Una troika nos vigilará de cerca.

Rescate significa, según el diccionario, liberar de un peligro, daño, trabajo, molestia u opresión.

Quizá nos liberan del peligro de bancos estafadores y usureros, dirigidos por advenedizos sin escrúpulos, que han engañado con preferentes envenenadas hasta a los pobres analfabetos.

O del daño que hacen a la democracia políticos prepotentes que ni siquiera dan cuenta de sus actos.

O bien, de las molestias, por usar una palabra suave, que nos provocan las mentiras del Gobierno.

Prometieron bajar la prima de riesgo y la disparan. Clamaron contra el paro y lo multiplican. Iban a generar confianza, y hemos perdido hasta la soberanía.

Iban a ser transparentes, y su opacidad, déficit oculto en Madrid y Valencia y pérdidas no declaradas en Bankia han escandalizado al mundo entero.

Ahora pagaremos los de siempre.

Porque, contra lo que dicen, no hay inyección directa a los bancos. Hay un dinero que se convierte en deuda pública y que nos obligará durante más de una década a ser más pobres todavía. Lo que eran “sugerencias” desde Europa serán mandatos imperiosos de los que nos enteraremos del todo cuando los suframos. Hoy nos lo ocultan. Nadie da dinero sin condiciones.

Rajoy prometió dar la cara y “llamar al pan, pan y al vino, vino”.

Su cara desencajada, con un rictus de impotencia y desconcierto, es la imagen de la derrota cuando la vemos, que son pocas veces.

Su pan se llama recortes que producen hambre literal e injusticias sociales que hieren la justicia igualitaria.

Su vino es el amargo de la derrota de un gobierno descoordinado e intervenido, un presidente desaparecido y una ciudadanía perpleja, indignada y que se debate entre el terror a lo desconocido y el miedo a  lo que conoce.

Debería Mariano Rajoy aprender del coraje de los que sufren cada día para llevar comida a su casa. De los que no pueden trabajar, de los que se ven obligados a emigrar en condiciones precarias.

Podría aprender de la fuerza de tantos jubilados de pensión exigua que mantienen a hijos y nietos desahuciados por los bancos.

Debería tener el valor de reconocer que ha fracasado, que sus seis meses de gobierno han empeorado lo que ya era malo. Que su fracaso caerá sobre nuestras espaldas. Porque él ha perdido capital político, pero ¿qué pierden los que ya no tienen nada?

¿Qué harán los que confiaron en su palabra?

Debería hacer gala del sentido común del que presume y decirnos la verdad de una vez. Que ha realizado una pésima gestión en la reforma financiera. Que el partidismo estrecho y provinciano con el que ha pretendido desafiar a Europa sólo indica ignorancia y orgullo desmedido. Que la mentira, a la que está acostumbrado, nos ha llevado a esto.

Ya no nos creemos sus excusas. Un 90% de los ciudadanos piensa que esta situación es mala. Hay quien habla ya de fracaso colectivo. Un sentimiento que recuerda la depresión nacional de 1898.

Pero no creo que hayamos fracasado como país. No somos verdugos, sino víctimas. Sufrimos y somos tratados como menores de edad.

Sólo ocurre que tenemos unos políticos que mienten y que no saben gestionar el bien público. Estaban demasiado acostumbrados a servir a su bien privado.

 Confío en una sociedad fuerte que sabrá superar las dificultades al margen de tanta desvergüenza. Espero que este país sepa navegar las aguas turbias de esta situación extrema a la que nos han llevado la codicia de unos, la soberbia de otros y la complacencia silenciosa de muchos.

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