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¿Educación Cívica o reforma ideológica?

30/05/2012

Sólo se habla de dinero. Pero no de los males que produce su cruel omnipotencia. Ni del sufrimiento que ocasiona la pobreza creciente de jóvenes, niños y ancianos. Ni de la disolución del espejismo de igualdad en el que creíamos vivir.

Las palabras de  Cesare Pavese en El oficio de vivir son hoy plenamente válidas:

 Quien no sabe abrazar el dolor de los demás, es castigado a sentir el propio con violencia. El dolor sólo puede ser soportado elevándolo a suerte común y compadeciendo a los que sufren.

Pero parecemos ciegos lamiéndonos nuestras heridas, mientras los lobos neoconservadores avanzan en la exterminación del mundo de bienestar que conocíamos.

Porque este no es el mundo real, sino el que ellos han fabricado de modo malévolo para desactivar nuestra resistencia. Asustados, somos más dóciles, y la “economía del desastre” que definió Naomi Klein justifica hasta lo injustificable.

Los ultraliberales han creado una neolengua que pervierte la realidad y que nos lleva a la meta que persiguen: un mundo del dinero y el no pensamiento.

Oculta por las cifras mareantes de dinero público regalado a la siniestra Bankia, con la prima disparada por el presidente Rajoy que alarma a los mercados cuando habla -y menos mal que lo hace poco-, detrás de un Ministro de Economía que se equivoca y engaña, se perpetró el jueves pasado, de tapadillo, el mayor ataque ideológico a la Educación y al pensamiento crítico.

La nueva asignatura de “Educación Cívica” es un topo peligrosísimo. Supone la intención, a medio y largo plazo, de control de las conciencias y de los comportamientos.

 Pretende educar a nuestros jóvenes en una única dimensión económica por encima de lo humano. Al servicio de la cruel competitividad. Sin fisuras ni crítica alguna.

Inculcarán en ellos el catecismo del buen ultraliberal. Según el cual la única iniciativa loable es la privada. La propiedad frente a la solidaridad. El egoísmo frente a la justicia igualitaria.

Ocultarán que existen las desigualdades. Quizá así justifiquemos que la Iglesia no pague el IBI y que los bancos sean la única isla que reciba ayudas públicas frente a la caza de los que llaman “subvencionados” y las familias desahuciadas.

Eliminarán al diferente. No existirá la discriminación de la mujer ni la homosexualidad. Ya se ha encargado de predicarlo el lenguaraz obispo de Alcalá, que en su anterior gobierno de la diócesis de Castellón arruinó sus finanzas, especulando en Bolsa.

Enseñarán que los nacionalismos son excluyentes y peligrosos. Todos menos el español, claro. Ese del que se apropia arrogante una condesa presidenta populista que ha ocultado un déficit escandaloso en Madrid y pretende engañarnos con polémicas futbolísticas patrioteras, en la mejor tradición franquista.

Creíamos que la Educación era una causa social y un derecho. Un modo de preparar para la vida y de descubrir el mundo.

Pero los ultraliberales no pretenden educar, sino ocultar la realidad que no les gusta. Crear un mundo feliz de súbditos obedientes. Legislar al dictado de sus bases más reaccionarias y de la Conferencia Episcopal.

Su Educación Cívica defiende que el pez gordo se coma al chico. Sirve para consolidar el poder hegemónico de los de siempre.

Sustituye la inclusión de todos por la elitista excelencia de los adinerados. Construye un mundo a su medida en el que personas como el Nobel Camus nunca hubieran aprendido a leer.

Quieren una educación perversa de dos velocidades en la que se excluya al más débil. Las viejas mentiras se han convertido en dogma de fe. Y acostumbrarse a ellas supone perder el pensamiento crítico.

Debemos tener el valor de denunciarlas y desarbolar las falacias que nos venden.

Puedo asegurarles que, visto lo visto, el sector que menos fracaso ha tenido en esta sociedad ha sido el de la enseñanza pública. Ahí está esa generación de jóvenes más que preparados a los que expulsan del país ministros como Wert con un cinismo indecente. Ellos sí son  producto de la inclusión y de la igualdad de oportunidades. Y los han dejado sin futuro el fracaso estrepitoso de lo privado y la codicia desmedida de los señores del dinero.

Precisamente, ese Ministro de Educación altivo y soberbio, la condesa Aguirre o el Ministro de Economía son exponentes de una educación elitista. Pero no, necesariamente, de personas eficientes y honorables.

Quizá no sea verdad eso de la excelencia. Quizá la escuela integradora de Camus sea más rentable y efectiva. Pero, claro, forma jóvenes que piensan. Y quizá eso es, en realidad, lo que no les gusta.

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