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Al calor de la radio

28/05/2012

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Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso

a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo.

J.L.Borges

Muchos años después, habría de recordar la tarde de infancia en la que entré por primera vez en la radio y conocí, de la mano de mi padre, la magia de un medio que no me ha abandonado nunca.

Crecí con su rumor amigo que acompañaba el lento transcurrir del tiempo de la niñez.

Era la casa de los abuelos. El aparato ocupaba un lugar preferente en el comedor, en uno de esos nichos que, en las casas castellanas, sirven de refugio seguro a las cosas delicadas.

De ese aparato color marfil y oro salían voces, canciones, anuncios. Un mundo, a la vez mágico y cercano, que marcaba el paso de los días. Música y palabras.

Aquel tiempo complaciente acabó pronto. La ciudad y el colegio me reclamaban. Un mundo cerrado, frente al campo abierto y los sueños infantiles. Pero allí seguía la radio, y los cuentos narrados por voces maravillosas que sustituían a las de los abuelos.

Mi padre era un fanático de la radio y, en la noche, tras ayudarnos con los deberes del colegio, se sentaba en el pequeño comedor atento a la caja de los sueños. Mi rabia crecía cuando, a la hora prudente, nos enviaba a la cama para quedarse solo con mi madre escuchando los programas míticos: Matilde Perico y Periquín, Ustedes son formidables, El criminal nunca gana, Pepe Iglesias, el Zorro…

Recuerdo cómo me levantaba de puntillas para entreabrir la puerta del dormitorio y poder escuchar los ecos de las voces que llegaban desde el comedor. Unas veces, mi padre reía a carcajadas, otras callaba estremecido, algunas comentaba con mi madre que cosía a su lado… Y yo me quedaba dormida con el arrullo de las voces amigas.

Aún recuerdo la tarde en que llegó desencajado y nos dijo: “Han asesinado a Kennedy”. Después corrió apresurado al aparato de radio y reclamó silencio, mientras escuchaba concentrado y abatido. Yo no sabía quién era aquel hombre, pero intuía que algo grave pasaba. Y observaba callada la expresión seria de mi padre, pensando que aquellas voces mágicas de la radio acabarían de alguna manera con su preocupación.

Un día, mi padre me tendió unos papeles con sonrisa cómplice: “¿Te atreves? Debes hablar en la radio”. Era un programa sobre primeras comuniones y necesitaban una voz infantil. Mi padre ya había colaborado con la emisora local en algunas ocasiones y confiaba en mí lo suficiente como para darme aquella responsabilidad. Estaba orgulloso de que ya leyera fluidamente. Él lo había logrado antes de que lo hicieran en el colegio.

Sólo era una niña, pero entendí la responsabilidad de la tarea.

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La tarde que entré de su mano en aquella EAJ72, que ocupaba una hermosa casa modernista en el centro de la ciudad, temblaba de emoción y de terror. La caja mágica me enseñaba sus tripas: micrófonos, cristales que se me antojaban peceras, adultos serios en torno a una mesa. Sólo me tranquilizó la voz amiga  que había escuchado tantas veces y que por primera vez tenía cara para mí.

Aquellos segundos en antena me hicieron comprender, de pronto, que toda tarea vital, por muy sencilla que parezca, tiene detrás muchas horas de trabajo. Llevaba días ensayando. Y mi padre era inmisericorde con los errores de entonación.

He vuelto a la radio con el mismo temblor reverente de la infancia. La magia sigue intacta. En el hermoso jardín de las palabras, como la define Iñaki Gabilondo, los habitantes son ahora gente joven. Un grupo de profesionales inquietos, acogedores e incansables que nos ayudan cada día a despertar, nos acercan el pulso de la ciudad y siguen llenando la vida cotidiana  de música y palabras.

Hay pocos reductos puros en los que el calor de la comunicación acerca a las personas. La radio es uno de ellos. Su sonido amigo ha marcado miles de vidas. Mis recuerdos van de su mano, que asocio al calor familiar, frente a la televisión, un medio más disgregador y lejano.

Tren de la democracia, lo llama el mismo Gabilondo. En él he viajado de mi tierra natal a la de acogida, he vivido desde golpes de estado a anécdotas locales. Y siempre he necesitado su compañía para mantener intacta la imaginación. Porque, en palabras del filósofo Wittgenstein:

Antes teníamos necesidad de imaginar para soñar, ahora necesitamos imaginación para entender la realidad.

Y la radio fomenta los sueños. Nunca sentí lo mismo con la televisión. Porque siento que ésta nos aísla de los otros atrayendo, arrogante, todas las miradas. Creo que se pierde la magia de lo desconocido, que una cara y un gesto mitigan la cadencia de una voz atrayente y seductora.

Aún hoy no concibo mis despertares sin la compañía de las voces amigas. La radio me acompaña siempre y ejerce sobre mí el mismo hechizo que  aquel viejo y hermoso aparato, marfil y oro, de mis días de infancia.

2 comentarios leave one →
  1. ana r permalink
    01/06/2012 0:47

    La radio de mi abuelo Andrés era la única en la calle que vivían y allí se reunían todos los vecinos con sus sillas a escucharla. Yo he heredado su pasión por ella, me levanto con Francino y me acuesto con Àngels Barceló, y entre medias, gracias a que mi trabajo me lo permite, lo escucho todo.
    La radio me enseña, me distrae, me emociona y aunque parezca raro me une a personas que no conozco pero a las que admiro profundamente.

    Siempre me emocionas con tus entradas y ésta me ha llegado al corazoncito. Saludos.

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    • 01/06/2012 10:42

      Radio, abuelos, gente reunida en torno a la palabra. Magia que une a las personas desconocidas y cercanas a la vez.
      No sabes lo que me alegra comprobar que hay cosas que permanecen y que nos unen más allá de los cauces convencionales.
      Creo que la comunidad de los adictos a la radio está unida por un hilo especial tejido de palabras. Quizá por eso será eterna.
      Gracias por compartir tus recuerdos conmigo y un saludo afectuoso, Ana.

      Me gusta

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