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Desayuno con uvas

07/05/2012


La razón del éxtasis del recuerdo es que se vuelven a encontrar

los momentos del despertar, del conocimiento del mundo.

Cesare Pavese

 

No eran diamantes, pero aquellas hermosas uvas eran para mí más valiosas que los diamantes de la clásica película.

Era una joven universitaria que empezaba a volar con alas propias. Había salido de la ciudad pequeña de la infancia y todos los días atravesaba la estepa fría de Castilla para asistir a aquella mítica Universidad en la que habían paseado y enseñado los nombres que estudié tantas veces en los libros.

Y, en el ecuador de la carrera, una amiga intrépida me lo propuso. Iríamos a París ese verano para trabajar y perfeccionar el francés. Todo era fácil. “Allí conozco gente”. “El trabajo no es problema”. “Hay que apostar por la aventura”. Sus razonamientos martilleaban mi cerebro cada día, en los largos paseos tras las clases.

Y, poco a poco, fui recopilando fuerzas para plantearlo en casa.

Había un problema. Dos, más bien. En la casa no estarían contentos del viaje. Francia era un país extraño, era muy joven, nada era seguro. Pero sobre todo era caro el tren y el dinero escaseaba. No podía pedir ese dinero a mis padres, tras los gastos obligados del curso.

Fueron muchos fines de semana dudando si pedir permiso. Entre los apremios de las amigas, ya éramos cuatro las dispuestas a la aventura, y los miedos a contarlo en casa.

Ahora, desde mi condición de madre, entiendo aquella angustia de la mía. Sin embargo, nunca se negó a permitirme la salida. Convenció a mi padre, más reticente. Buscó contactos en aquel París tan lejano para que, en caso de necesidad, estuviera acompañada… Todo lo que se proponía mi madre lo lograba.

Nunca entenderé cómo aquella mujer hacía real lo imposible. Cómo su coraje indomable la hacía transformar la realidad para que sus hijos sufrieran lo menos posible. Cómo estaba siempre ahí y cómo, sin declararse abiertamente feminista, siempre luchó por que sus hijas fueran libres y tuvieran una carrera universitaria. Para que eligieran sin impedimentos su destino. Ese que ella no pudo recorrer libremente.

Salimos una tarde, cargadas de maletas. Rumbo a un país idílico que guardaba la libertad añorada. Seguras de las promesas y llenas de ilusión. El miedo lo escondíamos en lo más hondo y, si estaba ahí, nadie lo dejó ver a las demás.

Luego llegaron días de decepciones, de puertas que se cerraban, de promesas rotas, de calles llenas de gente extraña que no entendía nuestro francés a la primera. Los parisinos son muy suyos…

Y también llegaron días de solidaridad, en los que amigas de amigas nos acogían en habitaciones minúsculas con la generosidad que une a los desamparados en la desgracia.

Pasaron dos meses largos en los que entendí el mundo del trabajo duro, la explotación y las injusticias. Hice un curso acelerado de vida real y aplicación práctica de la teoría que había estudiado en los manuales. Y, sobre todo, entendí lo que se sufre al carecer de medios para lo más indispensable. Llegamos a pasar hambre.

Por eso, aquella mañana de septiembre, en mi casa, tras haber dormido en mi cama hasta muy tarde, aquel plato lleno de uvas doradas, hermosas y húmedas, me parecieron el mejor manjar del mundo. Estaban ahí, sobre la mesa y podía saborearlas tras meses de mal comer y mucho menos de poder acceder a la inalcanzable fruta fresca.

Había llegado muy cansada, pero feliz de estar de nuevo en casa. Mi madre me había preparado con mimo el desayuno y, en él, como un regalo, estaba aquel plato de uvas.

Ella siempre recordaba que yo lo prefería todo al clásico tazón de leche.

Entonces, entendí que todos necesitamos un lugar al que volver. Que unas humildes uvas, una mañana de otoño, pueden ser el mejor regalo de la vida.

Ahora lamento no haberle dicho a mi madre, esa mañana, que su gesto sencillo era para mí como la vuelta a la vida.

Porque era encontrar el lugar al que volvemos siempre tras las duras travesías. Y que regresaba, pese a todo y gracias a ella, con una experiencia  que no olvidaría jamás.

Había vuelto con más conocimiento del mundo, con un bagaje personal que ya para siempre se uniría a mi vida.

Más tarde, he vuelto varias veces a aquella ciudad mágica en la que aprendí tantas cosas, además de la lengua. Me he vengado de las privaciones, he recorrido sus calles siempre iguales a las que guardo en mi memoria.

Y nunca he podido olvidar aquella tarde en la que, sentadas en el bordillo de una acera, mi amiga y yo filosofábamos, tras ser despedidas injustamente del trabajo, sobre la lucha de clases, las desigualdades y las injusticias. Mientras lo hacíamos, no sé ella, pero yo miraba con rabia y envidia los vasos de cerveza que se tomaban los parisinos en las terrazas, mientras veía pasar con nostalgia un reguero de agua sucia por la calzada. En mi cabeza, el contraste del agua sucia, que mi sed me hacía apetecer,  y la brillante y fresca cerveza materializaron páginas de historia de la injusticia y de las desigualdades. Toda una clase práctica.

Sentada, años después, en una terraza similar, con un vaso de fresca cerveza, vi pasar a una joven inmigrante que miraba las mesas con aquella misma tristeza que lo hacían dos ingenuas estudiantes universitarias.

Nosotras volvimos a casa. Y, en la mía, una madre amorosa preparó un plato de uvas doradas para el desayuno. Mientras hablaba distraída con mis hermanos, me lo acercó solícita y, en un solo gesto tan simple, me dio el apoyo, la fuerza y el coraje para seguir adelante. Acabé mi carrera y logré un trabajo digno.

Quizá aquella joven nunca pudo hacer lo mismo. Ni tampoco vengarse de unos meses de privaciones, sentada en una terraza con una fresca cerveza. Ni recordar, muchos años después, ante una pantalla de ordenador su viaje a Francia.

Ni encontrar, tras la dura travesía, una madre acogedora con un plato de hermosas uvas sobre la mesa…

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