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El tiempo en el calendario

18/02/2012

tacogigante (1)

De toda la memoria, sólo vale

el don preclaro de evocar los sueños.

Antonio Machado

Todo estaba en aquellas hojas del taco que se arrancaban al acabar el día y señalaban el paso del tiempo.

Frases célebres -quizá de ahí viene mi gusto por las citas-, nombres extraños de santos desconocidos…  Las horas del sol y la luna. Y en el reverso, historias, recetas, curiosidades.

Una pequeña biblioteca en la que aprendí a interesarme por todo lo humano de la mano de mi abuela. Siempre la recuerdo leyendo las hojas del calendario taco con un fervor emocionado.

Guardaba con mimo las que le interesaban y me leía las historias riendo a carcajadas con los chistes.

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Mi amor por la lectura viene de aquella mujer menuda que leía todo papel escrito y me compraba cuentos troquelados con hermosísimas figuras  móviles de Blancanieves o el Ratón campesino. Los vendían unas monjas andariegas que llamaban a nuestra puerta en los días luminosos de verano.

Aquel mundo en colores llenaba mis días.

Cuando, más tarde, algunos padres preocupados me preguntaban, como profesora de Literatura, por el método mejor para interesar a sus hijos por la lectura, pensaba en mi abuela.

Apenas fue unos años a la escuela rural, pero su amor por la letra escrita era tan contagioso que me inoculó su virus para siempre. El ejemplo es el mejor método de enseñanza, les repetía a los padres obsesionados por una receta milagrosa.

Ver después a mi abuela leer, a sus cien años de edad, el suplemento de un periódico nacional aún me emociona. Su inteligencia natural la mantuvo viva y curiosa más de un siglo.

Todos los días de mi infancia pasaban por arrancar una hoja más de aquel taco que marcaba el tiempo. Era la tarde-noche y ella, como en un rito, me dejaba coger el papel para luego leerme con mimo todo lo que contenía.

También me enseñó que los detalles importan y que no se debe sólo leer en diagonal, ni despreciar conocimientos. Todo enseña. Nada debe desdeñarse. Desde las fases de la luna a las citas clásicas, pasando por las recetas, los chistes o las fábulas.

Algunas veces saltaba contenidos. Pero siempre tenía una explicación. Ejercía, lo supe luego, una sutil censura sobre contenidos non sanctos que no consideraba adecuados. Pero hasta eso lo recuerdo amablemente. Su sonrisa pícara nunca me dio la impresión de prohibir nada. Sólo guardaba para más adelante su descubrimiento.

El tiempo pasaba lento y suave en las hojas del calendario y también en las noches tibias de verano a la puerta de la casa, bajo la parra fresca, contando siempre historias, desgranando hechos, riendo, aprendiendo.

O vigilando el cielo nublado. Más de una vez la vi llorar tras la tormenta. El granizo había arrasado la cosecha. Yo no entendía, todavía, que una nube negra puede acabar con el trabajo de todo un año.

Por eso ella vigilaba el horizonte y leía las señales de estrellas, nubes y lunas. De su mano aprendí a interpretar el cielo empedrado, los cuernos de la luna, los colores del ocaso y su relación con el calor del día siguiente. Las estrellas que plagaban el cielo eran un libro en el que leíamos constelaciones o imaginábamos cuentos.

Siempre que veo el calendario taco pienso en mi abuela y siento que el largo siglo que vivió fue siempre para ella un tiempo de aprendizaje curioso y de reverencial respeto por la letra escrita. Todo un ejemplo porque, como decía Borges:

Uno no es por lo que escribe, sino por lo que ha leído.

11 comentarios leave one →
  1. 20/02/2012 11:52

    Una entrada realmente emotiva, querida Agustina. En cada una de tus palabras he podido sentir ese ferviente y reverencial orgullo que sientes por tu abuela; la mujer que te legó algo que jamás te abandonará. Las letras.

    Esta entrada me ha causado auténtica nostalgia del pasado…recuerdo de todas las reminiscencias que todavía guarda mi mente y se niega a olvidar. Mi pasión por la lectura también me la cedió mi abuela. La recuerdo leyendo en su blanca macedora, pasando delicadamente cada una de las páginas y tratando cada libro como si de un hijo se tratase. La ofuscación cubrió su vida con su atezado velo. Sus ojos se vistieron de luto para despedir su más arraigada pasión. La ceguera ennegreció su vida… Entonces decidí leerle… descubrir esos mundos metamorfoseados en letras para transmitírselos y que sus oídos cubriesen la pérdida de sus ojos.

    Tantas cosas descubrí, tantos lugares visité, tantas veces me enamoré, tanto aprendí sobre la vida en un conjunto de hojas encuadernadas… Enric Valor decía: los libros no suplen la vida pero, la vida tampoco suple los libros. Estoy totalmente de acuerdo con él. La vida es lo más hermoso que tenemos y los libros ayudan a enriquecerla y a vivir sensaciones que por nuestra limitada existencia no podríamos vivir.

    Tienes un gran recuerdo de tu abuela, Agustina, pero sobretodo, tienes en la sangre su pasión; la lectura. Transmitiéndola a tu familia y a tus alumnos lo que haces es hacer que ese siglo que vivió tu abuela sea imperecedero y que todos tengamos algo de ella en nuestro interior

    Un saludo muy fuerte!!!

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    • 20/02/2012 21:16

      Dicen que las personas no mueren del todo, si los que viven las recuerdan. El relato que haces de cómo te convertiste en el lector de tu abuela es muy hermoso. Fue su mejor regalo.
      Quizá no morir del todo sea eso: legar algo hermoso a los que se quedan.
      Saludos

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  2. Olora Té permalink
    22/02/2012 10:07

    Estas cosas las comentamos en un privilegiado tête a tête hace un tiempo, ¿verdad? Lo recuerdo. El otro día, leyendo una convocatoria, como agazapada encontré una cita que se supone proverbio oriental: No podemos impedir que los pájaros negros sobrevuelen nuestras cabezas, pero sí que aniden en ellas. Me acordé de los tacos de antes, y de tu entrada esta. Y pensé que estas sentencias, estos versos que se encuentran por ahí eneste mundo apresurado nuestro son buenas.

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    • 22/02/2012 18:10

      La poesía, en efecto, serena y explica la vida. Y las conversaciones con las amigas contribuyen, y mucho, a hacerla más llevadera.
      Esos pájaros negros nunca anidarán en nuestras cabezas. Eso quisieran…

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  3. 23/02/2012 11:16

    No sé qué me ha emocionado más leer: la entrada o los comentarios. Estoy totalmente de acuerdo con tod@s vosotr@s. Os voy a hacer una confesión. Mi editor, siendo una buena persona, atenta y preocupada por mis cosas, es un poco “rata”: sólo me ha dado un ejemplar de mi propia novela. Han debido pagarla mis padres, hermanas y mi pareja.

    Sin embargo, yo quería un ejemplar para mi hijo, que ahora tiene tres años y medio. Sé que algún día sabrá valorar y apreciar el trabajo, mejor o peor literariamente hablando, que un día hizo su padre. Al final he pagado mi ejemplar, siendo el no-pagado el de mi hijo. Se lo guardaré, firmado y dedicado, junto a una foto de la época con papá.

    ¿A qué viene todo esto? Me explicaré: como vosotr@s, pienso que el placer de la lectura, junto a los valores que podamos transmitirles, es la mejor herencia que un/a padre/madre puede legar a sus hijos/as. Yo le debo mi afición a mi hermana y a mi pareja, dos buenas lectoras. Y dos personas muy sensibles. Supongo que tendrá mucha relación en ello la lectura…

    Y, efectivamente, la única forma de que nuestros seres queridos jamás nos abandonen es homenajearlos cada día de forma interna y, de vez en cuando, públicamente, tal y como ha ocurrido en esta entrada y en los sucesivos comentarios. Me habéis emocionado! Muchas gracias! Y saludos!

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  4. 23/02/2012 13:45

    José Ferrandis,

    Tu hijo valorará enormemente esa novela cada vez que la tenga en sus manos. No solamente le transmitirás la pasión por la lectura sino que, además, le dejarás algo escrito por ti y muy probablemente la pasión por la escritura también.

    Me sorprendió enormemente cuando información sobre tu novela y vi que trataba la figura de Irena Sendler, la gran olvidada Irena Sendler… No me cabe la menor duda que será una gran obra y ya tengo ganas de tenerla entre mis manos. Ser escritor es difícil, no por el hecho de escribir que es uno de los mayores placeres que puedes existir, más bien por todo lo que hay detrás. Los editores no siempre buscan la difusión de una buena obra y propagación de cultura, lejos de ser unos mecenas demuestran cierta propensión al abuso de sus escritores. Mi sueño también sería tener un libro en mis manos y mi nombre impreso en él, pero como bien he dicho…es mi sueño…esto es la realidad… :)

    Mucha suerte con tu obra a por todas!!!

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    • 23/02/2012 13:55

      Muchísimas gracias por tus palabras, Vicente! De momento las críticas están siendo muy positivas. Sé que tendrá cosas por corregir, pero de momento nadie ma dice nada importante (sólo detalles). Cuando conocí la historia de esta GRAN mujer me decidí a escribir sobre ella.

      De eso se trata: de dejarle a mi hijo una herencia en forma de valores y pasión por la literatura. Sé que económicamente no podré legarle mucho (a día de hoy, siendo sincero, nada), pero hay tantas cosas aparte de lo económico…

      Muchas gracias! Y, por cierto, mi novela está disponible en todas las bibliotecas de barrio de Gandia. Allí será más fácil de conseguir. Por lo que sé, en la Central está bastante demandada, algo que me alegra y apena a la vez… Saludos!

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  5. ana r permalink
    23/02/2012 17:44

    Yo hago lo mismo que tu abuela, todos los días la media hora que tengo para tomar café, me la paso leyendo las citas de unas agendas que le regalan a mi marido en su taller, me apunto las que más me gustan y luego se las leo a mi hija adolescente, que todo sea dicho, la mayoría de las veces no me hace mucho caso. Pero yo sigo leyendo y apuntando.

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    • 23/02/2012 19:30

      ¡Vaya media hora tan bien aprovechada!
      Ese es el mejor legado que se puede dejar a los hijos. Mi abuela empezó el camino que luego siguieron mis padres. Siempre les estaré agradecida.
      Tu hija lo recordará, aunque parezca no hacer caso ahora.

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  6. 23/02/2012 21:02

    Entre tanto sueño de escribir (ver, incluso, el nombre de uno mismo en la portada de un libro), adolescentes, citas, legados, libros, hijos… me acabo de sentir identificada. Con tooodas estas cosas. Y siento lo maravilloso que es esto de conocer personas con aficiones y oficiones (de oficio ofición? Lo he hecho bien, profe?) tan sencillos y profundos al mismo tiempo.

    No sé qué es la adolescencia, no sé qué la separa de ser adulto. Que dejen de pedirte el carné para comprar birras, que puedas entrar a esa discoteca de al lado de casa donde hasta la fecha te cuelas; entender los cuentos de la abuela, el abuelo, mamá, papá o quien fuera; sentir que tienes algo que decir y mucho que aprender. No sé qué es ser adolescente porque no sé qué es ser adulto. A ojos ajenos soy una adolescente. Una adolescente a la que su madre (una de mis supernenas y orgullosa de ello) le regaló en navidades un cuaderno de citas. Me encantó encontrarme entre las páginas del mismo cuaderno a Becquer, Neruda y Einstein, y tantos otros que, sin duda, se merecen una página. Como adolescente que no sé si soy digo que, aunque muchas veces hagamos lo posible porque no se nos note, las citas de mamá las guardamos en uno de esos rincones del cerebro donde la memoria a corto plazo se transforma en memoria a largo plazo, y las guardamos para siempre, para cuando las entendamos mejor, para cuando no nos de vergüenza admitir que nos gustaron, para cuando tengamos ocasión de trsmitírselas a nuestros hijos…

    Y lo de los nombres y las tapas de libros… aquí otra se apunta a ese sueño. Aunque hace poco tuve la suerte de aprender que no es eso lo más importante. “La literatura me ha dado premios. Pero también, y por encima de eso, amigos. El escribir me ha hecho conocer personas fantásticas que sé que ya son amigos para siempre.” Algo así escuché decir a una adolescente hace poco en una entrega de premios literarios. Crear literatura es aprender a hacer amigos. Amigos como los que conoces o estrechas lazos con ellos en, por ejemplo, un blog. Eso también lo enseña la literatura. Que no es solo lo que está en los libros. Sin ir más lejos, este blog me enseña, me pone nerviosa, me enfada, me conmueve, me trae recuerdos, me sugiere imágenes y me hace sonreír. ¿Qué más se le pide a un escrito para llamarlo literatura?

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    • 27/02/2012 13:57

      ¡Que bonita respuesta a todos los comentarios! Demuestra tu madurez y sirve de ejemplo a todos los que descalifican a los jóvenes como tú.
      Creo que fue García Lorca el que dijo que escribía para lo quisieran, aunque se le atribuye la frase a García Márquez quien añadió lo de los amigos: “Escribo para que mis amigos me quieran más”. Fuera quien fuera coincide con tu apreciación. Sólo por haber puesto en contacto a tantos buenos escritores y lectores vale la pena escribir.
      Ánimo a todos.

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