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Revistas en el desván

03/01/2012

Algunos lienzos del recuerdo tienen

luz de jardín y soledad de campo

la placidez del sueño 

en el paisaje familiar soñado

Antonio Machado

Es curioso cómo andamos los caminos del recuerdo. Un día, de repente, aparece un nombre en la memoria. Un archivo, cerrado durante años en el cerebro, se abre, y surge un mundo lejano que creíamos perdido.

Tenía pocos años. El mundo era pequeño y amable. Se reducía a un barrio tranquilo en una ciudad también pequeña. Una plaza amplia con un quiosco de revistas y golosinas, un balcón con macetas y una casa minúscula. Dentro, todo el calor de unos padres atentos y dedicados y muchos hermanos.

Pero, sobre todo, era la casa en el pueblo de los abuelos, la que guardaba los sueños de la infancia. Era el reducto del tiempo libre, los tórridos meses de verano y las gélidas navidades en las que la nieve hacía daño en los ojos.

Las revistas aparecieron en una caja rota que encontré en el desván, “el sobrado” lo llamamos en Castilla. Era el lugar donde se almacenaba el grano, y se secaban los lienzos de tocino, y el jamón de la matanza. También almacenaba trastos viejos y era el paraíso de las siestas interminables de los más pequeños, en silencio obligado por los mayores.

En ellas, una historia me atrapó y me hizo rebuscar en todos los ejemplares hasta completarla. Aún recuerdo la angustia al pensar que faltaría algún número.

Era una edición del Reader’s Digest que, en su traducción al español, se llamaba Selecciones. Nunca supe quién pudo traerlas a la casa, pero sospecho que mi abuela las recibió de algún miembro de su familia. Era una lectora atenta de todo lo que caía en sus manos.

Hoy ha salido el sol para Patricia Moore era el título del relato, y la autora, una mujer cuyo nombre había olvidado.

Internet me ayudó a localizarla y a encontrar también un ejemplar antiguo de la novela que, casualmente, estaba en una librería de viejo en una ciudad cerca de mi casa. Lucía Fernández Santos, la autora, se pierde para mí en la niebla del recuerdo y no logro encontrar nada sobre ella. Sólo me queda su novela.

La aventura de comprar el libro también tuvo algo de novelesco, con confusiones de tienda,  empleados amables y reservas por teléfono. Era una historia que volvía a mí y se escapaba de nuevo en un guiño travieso.

Cuando tuve el libro en mis manos fue como volver a tocar el pasado. El tiempo, como decía el poeta, se ha puesto amarillo en sus páginas. La estética de la portada me devuelve a las jóvenes de coleta alta y nariz respingona dibujadas en aquellas ilustraciones de mi infancia.

Es un ejemplar minúsculo -9,5 cm por 15 cm- de tapas duras y letra menuda. Su lema inicial es una cita bíblica:

“El árbol tiene esperanza: si lo cortan, reverdece y sus ramas echan renuevos”.

(Job 14, 7)

La historia es un relato de “superación, abnegación y sacrificio femenino” narrado a través de  dos hermanas gemelas. El lugar donde se desarrolla, la Irlanda católica y verde de lagos transparentes, prados inmensos y gentes luchadoras.

El título es el grito de guerra de la familia protagonista cuando se cumplen las esperanzas largo tiempo soñadas.

Hay un abuelo hosco y cruel, que esconde un alma tierna. Hay padres separados de sus hijos, rencillas de pueblo pequeño, emigrantes que vuelven a recuperar los sueños que abandonaron en su tierra. Hay hambre y pobreza aceptadas con resignación, sin rebeldía. Un mundo en el que los papeles están repartidos sin que nadie proteste. Y el ineludible final feliz de todos los cuentos de hadas.

Está escrita con una prosa limpia y sus diálogos saben a lengua verdadera. Rechina demasiado, sin embargo, cuando pesa demasiado la ideología -lo que ocurre con frecuencia- y la autora intenta ponerla por encima de la vida.

Poco importa que me parezca ahora ñoña, artificial y peligrosa en muchas de sus afirmaciones. Sólo sé que he tocado un trozo del pasado. Que he logrado volver a encontrar a aquella niña que leía ávidamente una historia de chicas irlandesas de nombres exóticos, ojos verdes y pelo rojizo para llenar las tardes tórridas de veranos lentos. Un choque brutal entre la realidad de la seca Castilla y la ficción verde de un lejano país. Un viaje que, por lo que fuera, poco importa ahora, dejó una huella imborrable en mi memoria. Y también, por fortuna, pocos recuerdos de sus ideologizadas enseñanzas. Algo en mi interior separó ambas cosas.

La cita de Job sigue conmigo. Quizá por eso me niego a dejar de lado la esperanza. La que dice que los seres humanos son capaces de saltar por encima de convenciones y situaciones adversas para encontrar su camino libremente. En eso siempre he sido un poco terca. Otro rasgo, también, de las protagonistas irlandesas.

 

2 comentarios leave one →
  1. 10/01/2012 13:27

    Gracias por el viaje en el tiempo y la entrada. Leyéndola, he disfrutado como hacía tiempo que no lo hacía.

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    • 10/01/2012 18:06

      Alguien dijo que el recuerdo es el libro ilustrado que guarda el tesoro de lo vivido. Por eso es tan demoledor perderlo.
      Gracias a ti. Son muy importantes para mí tus palabras.

      Me gusta

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