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Mentiras de espumillón

22/12/2011

Decía Stuart Mill que la felicidad es una mezcla sutil de excitación y tranquilidad. Si acertaba en su definición, estas fechas navideñas no nos hacen felices porque nos arrebatan el sosiego necesario.

Más allá de la mentira que supone vender felicidad, se nos convierte en dóciles autómatas que recorren las calles en busca de mercancías y acarrean, agobiados, paquetes enormes que prometen llenar vacíos sentimentales.

La felicidad en abstracto no existe. Sólo hay pequeños momentos felices que llenan la vida de destellos agradables y nos permiten caminar nuestra senda individual. Cada cual elige y busca esos momentos que no son comunes a todos.

Sin embargo, esta sociedad consumista nos ha convertido en seres uniformes. Hay épocas en las que toca ser feliz. Todos a la vez y con un molde común.

Para ello, un siniestro Ministerio de la Verdad, como en la novela de Orwell, predica su lema: “La libertad es la esclavitud”. Controla noticias, educación y cultura para que sólo exista el poder único del Gran Hermano: el consumismo.

Su ministro diligente y eficacísimo es la publicidad. Su maquinaria, perfecta, estudiada y perversa, empuja con sus voces melifluas la exaltación tramposa de las emociones. Y ya sabemos que con las tripas es muy difícil pensar. Los valores que transmite son terribles para quien no tiene dinero. Si no compras, no eres nadie. Si no regalas bienes materiales, no existes.

Todo el año se cuela la publicidad en nuestras vidas  sin permiso, pero en estas fechas amenaza con devorarnos.

Consumamos rápido, nos dice, para alcanzar la felicidad y realizar nuestros sueños. Porque, si la felicidad es inalcanzable, la publicidad obra milagros: la hace material y nos permite comprarla.

Si siempre ha sido malvada esta táctica, mucho más lo es ahora con un paro elevadísimo, con familias enteras luchando por llevarse algo a la boca, con índices de pobreza desbocados.

Es obsceno escuchar voces envueltas en luces de colores, espumillón y música navideña que sólo llaman a gastar lo que no se tiene, en vez de apelar a la necesaria reflexión sobre las desigualdades y la responsabilidad. La caridad no basta. Es cuestión de justicia igualitaria.

La ciudad se ha convertido en un inmenso mercado en el que se ofrece presunta felicidad a cambio de dinero. Una mentira peligrosa y frustrante para el que no puede conseguirlo.

En palabras de John Berger:

La publicidad convierte el consumo en un sustituto de la democracia. La elección de lo que uno come (o viste, o conduce) ocupa el lugar de la elección política significativa. La publicidad ayuda a enmascarar y compensar todos los rasgos antidemocráticos de la sociedad. Y enmascara también lo que está ocurriendo en el resto del mundo.

Paz, felicidad y buenos deseos se identifican con centro comercial, compras y gasto desaforado. No solidaridad, igualdad y derechos humanos.

Es difícil sustraerse cuando todo empuja, pero todavía hay esperanza. Hay felicidad en cosas simples que se pueden lograr sin gastar dinero. La compañía de los nuestros, los amigos, las conversaciones, mirar a los ojos de los otros y no dejarse cegar por el brillo de lo falso.

Podemos evitar que el consumismo engulla hasta los sentimientos, a los que se ha convertido también en bienes de mercado.

Se trata de resistir. Sean felices. Pero busquen su felicidad en los ojos de los que quieren. No la compren. Suele salir mal y deja malos recuerdos en el bolsillo.

Como decía el personaje de Orwell: “Muchas felicidades para cuando la verdad exista”

2 comentarios leave one →
  1. 22/12/2011 13:39

    Es verdad que parece casi inevitable, después de contarles la historia de Olentzero a las peques de la familia, regalarles un cuento, un puzzle o un cuaderno para pintar. Aunque, también es cierto que yo este año pido un día en el monte con los amigos, una tarde en el bosque con los primos, seguir montando la navidad en casa, todos cantando al ritmo de la cucharilla contra una botella al rededor del piano, y un par de días viendo a unas amigas. Lo malo de las vacaciones de navidad es que nunca me da tiempo a hacer todo lo que quiero.

    Gracias por entradas como esta, que también son un buen regalo. Y una forma de estar algo más cerca.

    feliz consumismo!! Lo sigo diciendo. Y muchos besos.

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    • 23/12/2011 9:50

      Amigos, primos, canciones-¡qué lujo en una familia de músicos!-, aire libre, proyectos que, junto a la sonrisa del abuelo de la que hablabas el otro día, llenan la vida de destellos mucho, pero que mucho más brillantes que el regalo más caro… Inteligentes deseos.
      Feliz consumo de cariño y sonrisas. No cuestan ni se gastan.Y son plenamente sostenibles.
      Muchos besos.

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