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Leonard Cohen

28/10/2011

Podría hablar hoy de muchas cosas que llenan las portadas de los medios y nos abruman… Del principio del fin de ETA, de los crueles hachazos de las autonomías gobernadas por el PP y CIU a la educación y a la sanidad públicas, de los sueldos escandalosos de los banqueros, del ataque al euro o de alcaldes que manejan la ciudad como si fuera su empresa, olvidando que en ella hay seres humanos y no objetos de mercado.

Pero en este mundo áspero lleno de aristas, a veces, hay que dejar lugar a la palabra y los sentimientos aunque queden ocultos las más, por la mezquindad y el egoísmo.

Hay personas que dan una especie de luz porque transmiten calma y sosiego.

Y una de ellas es, sin duda, Leonard Cohen que el viernes pasado recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Su voz profunda me llegó de la mano de un buen amigo en los años de universidad. “Es un serenador de almas” me dijo con la delicadeza que ponía en todo. Aquellos tonos graves y serenos en una lengua que desconocía -mis estudios eran de francés- me trajo muchas cosas, no sólo serenidad. Era como si siempre hubiera estado ahí. Esperándome. Sus canciones y su voz acompañaron muchos días alegres y algunos tristes en aquella Salamanca vecina y lejana a la vez para la joven estudiante que era.

La vida y los años me separaron de la ciudad y del  entrañable amigo manchego. Pero nunca de Cohen. Siempre viajó conmigo. Surgía y desaparecía por épocas como un Guadiana fiel que nunca te deja.

Supe que encontró su voz en Federico García Lorca el poeta asesinado por la barbarie fascista en Granada. Una voz para denunciar la injusticia, para cantar a la vida o para resistir en libertad ante las penalidades.

Su discurso del viernes no me defraudó. Era otra vez su voz grave, como una salmodia amiga, que desgranaba palabras. Sin papeles, desde el alma. Habló de fragancias, de sensaciones, de voces de la guitarra. De la necesidad de dar las gracias al suelo y a la tierra, de sentimientos que llenan la vida.

Y confesó que aprendió su música de un joven español que, antes de suicidarse, le enseñó seis acordes mágicos de guitarra en Montreal.

Habló del poder redentor de la poesía. Del territorio libre de los sentimientos frente a la tiranía de tantas cosas y de la gratitud inmensa a España porque le enseñó la voz y la música de sus canciones.

Las palabras y los sentimientos son importantes también, aunque haya personas que los desprecien. Ellas, las auténticas palabras, serán las que logren cambiar este mundo triste.

Han escuchado el canto de lucha, El Partisano, al principio de esta columna. A partir de ahora nos acompañará cada miércoles.

Porque son tiempos de luchar fuertemente por aquello en lo que se cree. Mal que les pese a algunos.

Y también, de blindarse con sentimientos y poesía ante la dureza de estos tiempos difíciles. Porque “saldremos de las sombras y llegará la libertad”, como canta Cohen en la canción.

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