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Sábato

04/05/2011

El pasado sábado, días antes de cumplir 100 años, nos dejó Ernesto Sábato. “La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil que, cuando uno empieza a aprenderlo, hay que morirse”, decía.

Como D0n Quijote, fue un simple mortal, tierno desamparado que creyó que por la libertad y la honra se puede y se debe aventurar la vida.

Científico brillante, lo dejó todo por la literatura. Rebelde y comprometido desde el anarquismo cristiano, luchó siempre por la justicia y el ser humano.

Francotirador solitario, se puso de parte de los que sufren la historia y no de los que la hacen.

Con un coraje insobornable dirigió la investigación de los crímenes de la dictadura argentina. El Informe Sábato es un descenso a los infiernos de más de 50.000 páginas que impregnó para siempre de tristeza sus ojos escondidos tras unas grandes gafas. Su mirada reflejaba la extrañeza y el horror de quien se ha enfrentado con el mal en estado puro.

Nunca cedió:

“El escritor debe prepararse para ser un testigo incómodo al que los poderosos llamarán comunista por pedir justicia para el débil y los comunistas,  reaccionario por exigir la verdad y el respeto a las personas”.

No quiso ser un “escritor empresario de la literatura” que se manifiesta desde su cómodo despacho sin descender a la realidad de un mundo en descomposición. Entre ideologías en bancarrota y su alma atormentada por la lucidez a la que consideraba su verdadera patria, buscaba entender el sufrimiento a través de la palabra:

“No hay nadie que jamás haya escrito, pintado, o inventado a no ser para salir de su propio infierno”.

Siempre desconfió de la tecnolatría y el frío racionalismo:

“Técnica y razón, según los positivistas, iluminarían nuestro destino. ¡Vaya luz que nos trajeron! El siglo XXI nos sorprende a oscuras”.

Entendió como nadie el peligro neoliberal y afirmaba que considerarlo la única alternativa al comunismo era una idea criminal:

“Libertad para todos y que los lobos se coman a los corderos”.

“El absolutismo económico acabará por igual con hombres y mujeres, con los proyectos de los jóvenes y el descanso de nuestros ancianos”.

No era pesimista, sólo un idealista informado, lúcido y desengañado. Un creador de conciencia que anunció la quiebra del humanismo en un mundo roto y sufriente. Pero siempre proclamó la esperanza. Un pacto entre derrotados que debemos abrirnos al mundo, unirnos solidariamente frente al neoliberalismo, huir de la parálisis del escepticismo. Actuar tras la indignación, superar dudas y guiarnos por la luz de la justicia.

Siempre tuvo fe en los jóvenes que no son apáticos, sólo están desconcertados. A ellos dedicó las últimas palabras de sus memorias:

“Piensen siempre en la nobleza de las personas que redimen a la humanidad con su compromiso. Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido”.

Tras leer sus palabras ya no es posible la mentira, ni la cobardía, ni el cinismo. Predicó con el ejemplo manteniendo el compromiso tras ser calumniado y atacado injustamente.

Muere el hombre y quedan sus enseñanzas. Las de una persona íntegra y buena. También algo cascarrabias porque estaba muy enfadado con este mundo injusto.

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