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Primavera islámica

23/02/2011

A finales del siglo pasado el clarividente Sábato escribía:

“Miles de personas, a pesar de las derrotas y fracasos, continúan manifestándose, llenando plazas, decididos a liberar a la verdad de su largo confinamiento. En todas partes hay señales de que la gente comienza a gritar “¡Basta!”.

Sus palabras describen de modo profético la revolución del mundo islámico. Revolución, producto de la injusticia secular de sátrapas inhumanos que amasaban fortunas tras las cortinas de su palacio y en paraísos fiscales mientras sus pueblos malvivían con apenas un euro al día.

La levadura de las rebeliones  es la miseria, la desigualdad y la opresión y nada puede detenerlas. El hambre es una escuela terrible en la que las madres han aprendido a mantener a sus hijos y los jóvenes ven esfumarse su futuro.

El miedo ha cambiado de bando y ahora son los dictadores quienes huyen como ratas no sin haber masacrado a su pueblo como está haciendo Gadafi.

Desde Túnez a Libia pasando por Egipto o Marruecos nos han dado una lección a los acomodados europeos que siempre hemos invocado el miedo a un falso Islam terrorista difundido por intereses económicos. Queríamos estar tranquilos y seguros con un petróleo barato y sin inmigración molesta y pagábamos a dictadores sanguinarios para que mantuvieran la jaula cerrada. Lo que ocurriera dentro no parecía importarnos demasiado.

Se ha roto el mito de que las sociedades islámicas eran todas fundamentalistas. Estos rebeldes son laicos y su ideología es la justicia frente al abuso de años. La prepotencia de Occidente arrogándose el pedigree democrático se ha deshecho como un azucarillo en el coraje de quienes arriesgan su vida por conseguir la libertad estos días.

Europa parece amedrentada por la ola de libertad y sólo piensa, de modo mezquino, en cerrar sus fronteras y en el precio del petróleo. Mientras, mujeres, niños y jóvenes se atrincheran en plazas bajo el fuego de los morteros para exigir su libertad.

Se siente vergüenza escuchando a diplomáticos y altos representantes jugar con las palabras para no decir lo obvio: que amparábamos la injusticia.

¿Pensábamos que esos pueblos iban a soportar ver nuestro derroche, no compararlo con su indigencia y seguir en silencio?

Muchos de esos jóvenes están formados, acceden a Internet, conocen el mundo exterior y quieren vivir con dignidad. Ellos han sido el catalizador necesario, pero no hay que olvidar a sus mayores que han soportado huelgas reprimidas a tiros, corrupción generalizada y abusos de poder intolerables. Sobre este caldo de cultivo, Internet ha mantenido el contacto con el mundo y ha difundido la llama. Los jóvenes repartieron octavillas en los barrios pobres sin acceso.

Resultaría ridículo que el primer mundo pretendiera ahora dar lecciones de dignidad y democracia. Humildemente debemos aceptar nuestra culpa en este asunto y aprender la lección: nunca la injusticia permanece impune.

Hasta en las peores condiciones el ser humano reacciona contra ella.

“Volveremos a brindar por lo que se pierde y se encuentra: la libertad, las cadenas, la alegría y ese cariño oculto que nos arrastra a buscarnos a través de toda la tierra”.

Lo escribía Miguel Hernández desde la cárcel donde  Franco, otro dictador sanguinario,  lo dejó morir lentamente por defender la libertad.

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