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Libertades

15/12/2010

Conocí a Vargas Llosa de la mano de un profesor entusiasta que transmitía  amor por la lectura. La casa verde fue para mí mucho más que un libro. Fue la puerta a un mundo libre y rebelde en la voz hechizante de aquel joven peruano.

Su discurso con motivo del Nobel no me ha defraudado. Es la pieza perfecta del dominador del lenguaje, el encantador de palabras y el joven valiente que siempre fue. Comparto su concepto de la literatura como huida mágica del mundo, refugio ante la adversidad y símbolo de libertad. “Leer, decía, es la cosa más importante que me ha pasado en la vida”.

Pero entre sus líneas llenas de amor por las palabras, se deslizan contradicciones y opiniones libres y respetables y por eso discutibles. Para hacer verdad su concepto de la literatura como camino cierto de humanidad y defensa de los derechos humanos, es necesario matizarlas.

Dice el maestro que nuestra época es víctima de fanáticos, que el estruendo de sus crímenes retumba por todo el Planeta. Pero no se refiere a los poderes financieros que especulan con el precio de los alimentos y someten a países enteros al hambre y la desesperación. No se refiere al crimen que supone que el 10% de la humanidad se reparta la riqueza del mundo. ¿No es un crimen la pobreza?

“No debemos dejarnos intimidar por quienes nos quieren arrebatar la libertad” proclama. Y me pregunto si no debemos rebelarnos contra los oscuros mercados que nos extorsionan y ponen de rodillas a los gobiernos para arrebatarnos el estado de bienestar. La educación y la salud universales están en peligro. ¿Cómo puede un rebelde tolerar la injusticia y permitir las desigualdades?

Pero el confeso liberal apoya sin fisuras las democracias que sustentan y toleran esos oscuros poderes afirmando que son las que defienden los derechos humanos. Nada dice del atentado de terroristas económicos contra el bienestar ciudadano. ¿No está el dinero destruyendo la democracia? ¿No es hora de decir basta?

 “Debemos enfrentarnos a fanáticos para defender nuestro derecho a soñar”, dice. Y pienso, como me enseñó en sus libros, que debemos luchar por mantener la justicia equitativa y la igualdad de oportunidades. Y pienso en los fanáticos del dinero, los oscuros corruptos, la esclavitud de tantos jóvenes. Pero el Nobel defiende ahora la guerra sucia contra los diferentes en nombre de la superioridad de Occidente.

Él, que en su último libro denuncia la opresión de los indígenas del Congo, se permite calificar con un insulto la democracia de Bolivia que por vez primera ha levantado a los olvidados del suelo. No esperaba del hombre galante, respetuoso y honesto que llamara “payaso” a un gobierno democrático y se rindiera sin fisuras ante los poderosos. Aunque confieso que ya me inquietó su defensa de la Barcelona de Franco que fusilaba, pero que permitía publicar sus libros.

Aprendí la rebeldía leyendo libros como los suyos. A despreciar la tiranía y encajar la derrota con sus palabras hermosas y valientes. He seguido todo lo que publica porque nunca me defrauda.

Y ahora, tras releer su discurso sigo admirando su prosa, sigo respetando al hombre que la escribe y me permito, en nombre de la libertad que me enseñó, discrepar de sus opiniones. Quiero creer que esa es la hermosa lección de su discurso. Que la humilde lectora pueda discrepar de su maestro y siga soñando, leyendo y escribiendo.

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