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Saramago

23/06/2010

El pasado viernes se nos fue otro hombre justo: José Saramago. Cada vez  quedan menos voces honestas en un año en el que el mundo es más confuso y es tan  necesaria la fuerza de la verdad y el compromiso.

Se marchó con una primavera lluviosa y triste que parecía querer despedir también al hombre bueno. Cerró los ojos a un mundo al que siempre quiso cambiar porque como decía: “El mundo debe ser otro y no esta cosa infame”.

Y lo intentó como mejor sabía, escribiendo. Vio a la muerte de cerca hace tres años y logró esquivarla consiguiendo una prórroga en la que nos deja otros dos libros. Curiosamente, en ellos, este hombre serio y enjuto transforma su pesimismo en una ironía nueva que parece llevar el sello de su resurrección.

“Nunca quiero ser ni cínico, ni indiferente, ni cobarde”, decía. Y lo cumplió con la honestidad de quienes nunca mienten.

Fue un hombre de paz que nunca calló ante la injusticia para ser la voz de los humanos aplastados por ella y levantarlos del suelo.

Huyó siempre de las medias verdades y se enfrentó a la realidad a cara descubierta, aun a riesgo de ser cruelmente atacado por los que no comprenden que se pueda ser íntegro. Su denuncia de la situación de Gaza le valió ataques judíos y su visión crítica de la religión católica, dardos furibundos de la Jerarquía. El mismo día de su muerte, en una actitud tan lejana de la del maestro Cristo, el periódico vaticano vertió basura insultante sobre el nombre de Saramago. Cobardes y miserables que esperan que muera el hombre para ensuciarlo.

Este ateo empapado de valores humanistas les dio siempre lecciones de coherencia y quizá por eso son crueles con él. Deberían aprender de sus palabras:

“Quisiera morir como he vivido, respetándome a mí mismo para respetar a los demás”.

Estoy segura de que, si Cristo volviera, se iría con él antes que con ciertos miembros de la Iglesia que han olvidado los valores cristianos para cambiarlos por el ansia de poder.

Si hubieran leído su obra con ojos limpios comprenderían que su lucha con un dios silencioso es sólo, como en el poeta Blas de Otero, una lucha por las personas: “Dios es el silencio del universo y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio”, decía.

Saramago recordaba en su libro de memorias cómo su abuela analfabeta exclamó a sus 94 años contemplando una noche estrellada: ” El mundo es tan bonito, y me da tanta tristeza morirme”. En su vejez, pudo esta mujer al fin ver la belleza que la miseria le ocultó toda su vida haciéndola mirar al suelo. Ésta y otras lecciones hicieron del niño de ojos grandes y limpios el profeta de un mundo nuevo en el que las personas pudieran disfrutar toda su vida del bien que les pertenece.

Y en su tarea, pasó también por Gandia sembrando sus palabras en una ya lejana Universitat d’Estiu. Siempre recordaré su planta quijotesca y el calor de su verbo.

Ahora nos quedan sus libros. Él ya es eterno.

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