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Jóvenes

03/03/2010

Estudios recientes confirman que España valora poco a sus jóvenes. Y no me refiero a adolescentes sino a veinteañeros.

No nos callamos ni un reproche, pero omitimos muchos halagos. Rara vez decimos lo que nos gusta de ellos. Y se lo debemos. Hay que hacer una profesión de fe en aquellos jóvenes que, como decía Sábato:

“En estos tiempos de triunfalismos falsos luchan por valores que se creían perdidos. En medio de la tempestad, ofrecen su tiempo y hasta su vida por el otro”.

Las falsas luminarias televisivas escupen estereotipos que ocultan la realidad. Jóvenes maleducados y arribistas, como El Cobra -no muy lejos de políticos salidos de colegios elitistas- ocultan a la mayoría de modo injusto y se convierten en norma. ¡Cuánto daño hace la televisión basura!

El porcentaje de jóvenes de la tan jaleada generación Ni-Ni no alcanza el 1%. Por contra, los comprometidos superan el 20% y llevan a cabo una labor callada que nunca se reconoce. Venden menos, claro.

Se tiene la impresión de que les exigimos más que a nosotros mismos y de que hemos olvidado que son los que más sufren la dura realidad del paro y la pobreza.

Heredarán un abismo y sufren en un mundo sin nuevos horizontes.

Un Planeta castigado que tiembla, se rebela y grita sin que nadie parezca escucharlo. Un sistema capitalista salvaje que ha hundido la economía y pretende levantarse sobre las ruinas de los más pobres. Una muy mala gestión de los movimientos migratorios que producirá tensiones a las que se tendrán que enfrentar. Unas democracias heridas que se deslizan peligrosamente hacia el populismo cuando no hacia el totalitarismo. El consumo no era el paraíso sino la antesala del infierno. Esa es nuestra herencia.

Afortunadamente son listos. Aprenden solos que las ideas monolíticas del siglo pasado no han dado buenos frutos. Desconfían de sistemas arcaicos y parecen prepararse de modo concienzudo para crear un mundo nuevo.

Son más tolerantes y solidarios y se mueven por ideales como los derechos humanos, el fin de la pobreza y la salvación del Planeta.

Rehuyen la militancia porque forman parte de la llamada sociedad líquida en continuo cambio. Son seres adaptables y capaces de dar a luz nuevas ideas. Sólo necesitan tiempo.

Dominan como nadie las nuevas tecnologías y no se sabe lo que pueden hacer con un arma tan poderosa. Son ciudadanos del mundo y se mueven libremente por el Planeta tras superar las barreras provincianas.

En ellos parecía pensar el poeta Hölderlin cuando escribió:

“Ven, miremos los espacios abiertos. Busquemos lo que nos pertenece, por lejano que esté”.

 Son la esperanza. No los dejemos solos.

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