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Tiovivo

02/10/2005


     También la verdad se inventa

A. MACHADO.

El primer trueno la cogió por sorpresa.

La lluvia cae persistente y un viento desapacible hace ondear los toldos de las atracciones.

La tarde había sido calurosa. Una humedad pesada lo había empapado todo, hasta su mente.

Las gentes iban y venían lentas entre las casetas. Sonaban estridentes los anuncios de las tómbolas, prometiendo sueños imposibles.

Como todos los años, había llegado a la ciudad tras recorrer los caminos, vendiendo ocio y diversión durante el verano.

A ella le gustaba decir que era feriante. Había sido el oficio de su padre y el de su abuelo.

A veces, en sus sueños, imaginaba que lo habían iniciado los suyos.

Dueños absolutos de la feria, mercaderes de la alegría y trotamundos incansables.

¡Cómo ha cambiado todo! Recordaba, cuando niña, la música monocorde del organillo y los gritos de pánico de los ocupantes de la noria. Todo pequeño y apacible.

Siempre le había gustado imaginar, tras el cristal de su taquilla, cómo serían las vidas de los que montaban en los animales del tiovivo: si el niño que se abrazaba temeroso a su madre tendría hermanos, cuántos años más seguiría el abuelo acompañando al nieto al recinto o qué sería de mayor el pelirrojo que acudía fiel, todos los días a la misma hora, para montar en su león favorito.

En esa mezcla de luz, sonidos y sueños iba tejiendo su historia sin demasiados sobresaltos. Ella, que no tenía vida propia, vivía mil vidas diferentes en las de los otros.

Nunca tuvo tiempo para iniciar una relación estable. Aquel chico de su adolescencia desapareció con el final de las fiestas. La ilusión duraba unas semanas y después desaparecía. Todo era rápido, previsible y reiterativo, como su carrusel. Pero no se quejaba.

Ahora todo es distinto. Está sola. Aparta el pensamiento como quien aparta un insecto dañino. No quiere estar triste. Vuelve a mirar la lluvia que parece eterna, lenta y persistente, como sus recuerdos.

El recinto está desierto, ruge la tormenta ya lejana y, sin querer, se deja llevar por la nostalgia del pasado.

Su padre y su hermano conversaban en la cabina de la camioneta y ella dormitaba en el asiento trasero. Fue repentino. Aquel maldito camión se lo llevó todo. Era el final del verano y se dirigían a la última feria de la temporada. Sólo recuerda el sonido de la ambulancia y la confusión del hospital.

Después, nada. Sólo el vacío.

Tardó meses en poder empezar de nuevo. Una ironía del destino hizo que los daños en la atracción que arrastraban tras ellos fueran mínimos. Sacó fuerzas, sin saber muy bien de dónde, y volvió a los caminos.

Ahora está en esa misma feria de finales de verano. Sola, viendo caer la lluvia.

Mira los animales quietos y vacíos y una tenue sonrisa le aletea en los labios. Puede inventar una historia a lomos de cada uno de ellos.

Al fin, su vida sólo está hecha de sueños.

Las gentes vuelven a moverse lentas entre las casetas. Ha cesado la lluvia y la pesada humedad ha desaparecido también de su mente.

En la repisa de su taquilla, una pequeña mano deja caer un billete empapado en sudor. Todo vuelve a girar.



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